sábado, 5 de septiembre de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXIII

 6 de septiembre de 2020 - XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

 

                                             "Si tu hermano te ofende"

 

-Ez 33,7-9

-Sal 94

-Rom 13,8-10

-Mt 18,15-20

 

Mateo 18,15-20

 

   Dijo Jesús a sus discípulos:

   -Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso,

has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos,

para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si

no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la

comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. Os aseguro que todo lo

que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en

la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro además que, si dos de

vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi

Padre del cielo. Porque donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí

estoy yo en medio de ellos.

                         

Comentario

 

   La liturgia propone a nuestra reflexión la última parte del capítulo 18

de Mateo en dos domingos sucesivos. Esta última parte trata del perdón de las

ofensas en un tono exhortativo. En el llamado discurso eclesial de Jesús, se

tratan diversas cuestiones que se refieren a la vida concreta de una comu-

nidad cristiana: la precedencia en la asamblea, el respeto y acogida de los

más débiles, la búsqueda de quienes se alejan, la manera de tratar a quienes

hacen un mal a la comunidad...

   El procedimiento propuesto por Jesús para corregir a quien ha cometido

una ofensa, se presenta, desde el punto de vista literario, como una

concatenación de cinco condicionales. Yendo al sentido global, se saca la

conclusión de que hay que poner todos los medios para que quien ha faltado,

reconozca su error y vuelva a la situación normal en la comunidad. Sólo en

casos extremos se puede proceder a la exclusión.

   Si nos detenemos en cada una de las fases del proceso propuesto en el

discurso, podemos descubrir también algunos valores importantes de la vida

de la comunidad que aparecen progresivamente.

   En la fase de la reprensión individual, se pone de manifiesto la

importancia de las relaciones personales y de la responsabilidad de cada uno

respecto a todo lo que afecta a la comunidad. En el texto original, muchos

manuscritos omiten el pronombre de segunda persona en la frase "si tu hermano

te ofende" apoyando la idea de que más que de una ofensa personal, se trata

de un mal causado a la comunidad.

   La fase en que hay que recurrir a testigos, recoge las prescripciones del

A. T. (Dt 19,5) y las prácticas de los grupos esenios. Incluye el principio

de la representatividad de la comunidad en algunos de sus miembros y

recomienda la discreción y prudencia en el modo de proceder.

   La última fase, en la que interviene la comunidad en asamblea, es la más

solemne y pone de relieve el peso que tiene el cuerpo entero reunido.

   Esta importancia de la comunidad viene subrayada por las dos sentencias

que siguen en el texto evangélico. En la primera, Jesús parece atribuir a la

comunidad reunida los mismos poderes que había atribuido poco antes a Pedro:

"Todo lo que atéis en la tierra..."

   La otra expresión da la razón teológica de la importancia que tiene la

reunión comunitaria: Cristo está en medio de los hermanos reunidos en su

nombre. Y esto aun el caso de gran exigüidad de número. Esta presencia de

Cristo es la que constituye a la Iglesia en cuanto tal en sus dimensiones

fundamentales: la relación con Dios en la oración y la construcción de un

grupo de personas reconciliadas, signo de una reconciliación más amplia, la

que Dios ofrece a todos los hombres.

 

"Donde están dos o tres"

 

   Acabamos de decir que lo que cualifica a la comunidad cristiana es la

presencia de Cristo en medio de ella y no tanto el número de sus componentes

o la legitimidad formal de la asamblea. La familia de Nazaret se presenta así

nuevamente a nuestros ojos como la comunidad que goza, en el sentido más

fuerte, intenso, tangible y duradero, de la presencia de Jesús. Puede, pues,

presentarse como la comunidad tipo, como aquélla que mejor realiza el ideal

de comunidad descrita en el evangelio.

   La familia de Nazaret es una comunidad reunida en nombre de Cristo. En

primer lugar porque ha sido constituida por Dios, con el libre consentimiento

de María y de José, para acoger a Jesús. Pero también porque éste ocupaba el

centro y era el punto de referencia constante de las preocupaciones y

proyectos de María y de José.

   Las palabras del evangelio de Mateo, puestas en boca de Jesús, sobre su

presencia en medio de dos o tres de sus discípulos, respiran ya un aire

postpascual; se refieren a una presencia que ya no es física sino en el

Espíritu Santo. Es un modo de presencia al que también se refiere San Pablo

con estas palabras: "Reunidos vosotros, y yo en espíritu, en nombre de

nuestro Señor Jesús, con el poder de nuestro Señor Jesús, entregad ese

individuo a Satanás" (1Co 5,4). Lo que crea la fuerza de la comunidad es la

referencia al nombre de Jesús, es decir, en el lenguaje de la Biblia, a su

persona. Y esto en el sentido más fuerte y denso que puede tener la presencia

divina entre los hombres. Como cuando leemos en el libro del Exodo: "En los

lugares donde pronuncie mi nombre, bajaré a ti y te bendeciré" (20,24).

   La Iglesia necesita su referencia a la familia de Nazaret como necesita

la referencia a la comunidad constituida por los apóstoles con Jesús, para

descubrir su rostro verdadero. Y no se trata ciertamente de la imagen

plástica del grupo reunido con Jesús que ayuda a la imaginación, sino de esa

vinculación que se establece con Él por medio de la fe y que es la única

fuente de cohesión y de fuerza espiritual.

   Meditando las palabras del evangelio - "donde dos o tres" - a la luz del

misterio de Nazaret, surge espontáneamente la reflexión sobre la exigüidad

del número de los miembros de la comunidad. En Nazaret, todo está reducido,

por así decirlo, al mínimo indispensable. Vendrá luego la comunidad

pentecostal y las grandes asambleas de todos los tiempos. De Nazaret quedará 

siempre el gusto por lo pequeño, por lo mínimo. Estableciendo así un nexo con

todas las realidades minúsculas de la presencia de la Iglesia (empezando por

la familia "Iglesia doméstica"); con todas esas comunidades pequeñas donde

falta casi todo, donde se vive en el límite mismo entre la existencia y no

existencia de una comunidad; donde, sin embargo, la presencia de Cristo da

esa calidad nueva y esa fuerza que va más allá de la debilidad humana y que

ningún número de personas puede suplir.

 

Te bendecimos, Padre, por tu bondad,

porque tú eres misericordioso

y paciente con todos.

Danos ese Espíritu que procede de ti

y que lleva a olvidar las ofensas recibidas,

a tender la mano a quien está caído,

a no pasar de largo ante quien

necesita nuestra comprensión.

Enséñanos a saber construir la comunidad,

sobre todo en las circunstancias difíciles,

cuando reina el descontento

y cuando el pecado nos divide.

Danos la misma actitud de Jesús

que supo entregar su vida

para reunir a tus hijos que estaban dispersos.

 

Responsabilidad comunitaria

 

   De la Palabra de Dios recibimos hoy un fuerte impulso para construir la

que llamamos nuestra comunidad, pero también todas las comunidades de las que

por uno u otro motivo formamos parte.

   Punto clave para construir la comunidad es esa responsabilidad compartida

que lleva a la solidaridad, a hacerse cargo los unos de los otros. Podemos

llamarla responsabilidad comunitaria.

   Esa responsabilidad se ejerce de muchas maneras; el evangelio de hoy nos

lleva a tomar en consideración una de ellas: la corrección fraterna ("Si tu

hermano peca...") El ejercicio de la corrección fraterna lleva consigo por

parte de quien la practica algunas cualidades que son esenciales a la vida

cristiana.

   En primer lugar la comprensión hacia quien falta, que proviene de una

actitud de misericordia y de reconciliación. Pero se requiere igualmente

valentía para expresarse con claridad y para sobreponerse a falsas

consideraciones de respeto al otro. Quien corrige o llama la atención al otro

en algo que le parece mal, necesita además una buena dosis de sabiduría para

elegir el momento oportuno de hacerlo y las palabras adecuadas, de modo que

se facilite el camino de retorno de quien con su conducta se ha alejado de

la comunidad.

   Pero hemos de considerar que todos nosotros nos encontramos también

muchas veces de la parte de quien necesita ser corregido. Y también en ese

caso son necesarias algunas actitudes importantes. Está en primer lugar la

humildad para recibir las advertencias que se nos hacen. La Escritura pone

bien claramente las dos posturas posibles por parte de quien recibe la

corrección: "No reprendas al cínico, pues te aborrecerá, reprende al sensato,

que te lo agradecerá" (Prov 9,8). "El hombre perverso rechaza la corrección

y acomoda la ley a su conveniencia" (Eclo 32,17).

   En uno u otro caso, sólo el amor fraterno, que lleva a estimar al prójimo

como a uno mismo, debe regular nuestra conducta. A propósito de la corrección

fraterna ha escrito San Agustín: "Ama y haz lo que quieras. Si callas, calla

por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si

perdonas, perdona por amor. Está en ti la raíz del amor, pues de esta raíz

sólo puede brotar el bien".

 

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sábado, 29 de agosto de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXII


30 de agosto de 2020 - XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                                 "Tu idea no es la de Dios"

-Jer 20,7-9
-Sal 62
-Rom 12,1-2
-Mt 16,21-27
.
Mateo 16,21-27

   Empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y
padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados
y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.  Pedro se lo llevó
aparte y se puso a increparlo:
   -¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.
   Jesús se volvió y dijo a Pedro:
   -¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los
hombres, no como Dios!
   Entonces dijo a los discípulos:
   -El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con
su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la
pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo
entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo
del hombre vendrá entre los ángeles, con la gloria del Padre, y entonces
pagará a cada uno según su conducta.
                      
Comentario

   El pasaje que leemos este domingo representa un cambio de tono en el
evangelio de Mateo. Completa el del domingo precedente y al mismo tiempo
ofrece algunos contrastes con él. Presenta también dos partes bien
diferenciadas: el primer anuncio de la pasión y la reacción de Pedro ante tal
anuncio, al que sigue una enseñanza de Jesús sobre el significado del
seguimiento.
   Jesús anuncia en breve síntesis lo que será su destino. El pasaje de
Jeremías que la liturgia nos presenta en la 1ª. lectura preanuncia los
sufrimientos del Mesías y confirma la mentalidad bíblica según la cual la
muerte del justo es muchas veces violenta. Y Jesús presenta ese desenlace
como una necesidad para sí mismo. Notemos que lo hace hablando sólo a sus
discípulos.
   En las palabras de Jesús hay que ver una prolongación de lo que Pedro
había dicho poco antes sobre su identidad. Se revela así la profundidad del
misterio de Cristo, Hijo de Dios y hombre que sufrirá, morirá y resucitará.
   La reacción de Pedro, que también en este caso parece representar la
postura de los otros discípulos, es fuerte. No puede aceptar que el Mesías
sea sometido a tal humillación. Aunque resulta difícil comprender todo el
alcance de su respuesta expresada en forma de invocación, parece que podría
interpretarse así: el sufrimiento es consecuencia de una culpa; invoca, pues,
a Dios para que Jesús sea liberado de él.
   La respuesta de Jesús no es menos fuerte. El rechazo de la actitud que
suponen las palabras de Pedro, se produce no sólo porque es incoherente con
el plan de Dios sino porque constituye una tentación que proviene de Satanás.
Jesús recuerda así las que sufrió en el desierto al comienzo de su
ministerio.
   Inmediatamente después figura en el evangelio la enseñanza sobre el
discipulado. Inculca la asunción del misterio de la cruz no sólo en la vida
del Maestro, sino también en la de sus seguidores. Esa enseñanza se articula
en cuatro expresiones que podemos considerar con algún detenimiento.
   "El que quiera venirse conmigo". Quien asume libremente el seguimiento de
Jesús, sabe, después de conocer el destino de su Maestro, que su vida tendrá 
el mismo desenlace. Se trata de una necesidad inherente al hecho de compartir
las mismas opciones. Ello supone los tres pasos fundamentales que se enuncian
después.
   "Negarse a sí mismo", que significa salir de uno mismo, del propio modo
de pensar y de proyectar la vida para acoger el plan de Dios y el programa
del evangelio.
   "Cargar con la propia cruz", es decir, ser capaz de asumir en la propia
vida como lo hizo Jesús, el sufrimiento y las situaciones humillantes para
cumplir la propia misión.
   "Seguir a Jesús", que significa entrar en comunión vital con Él y
compartir su suerte en esta vida, pero también la resurrección.
   Son éstos los aspectos esenciales de toda vida cristiana.

Pedro, José y María
  
   En pocos renglones se pasa en el evangelio de Mateo de un gran elogio a
Pedro ("Dichoso tú Simón, hijo de Jonás") al más duro rechazo ("Quítate de
mi vista, Satanás"). A la brillante confesión de fe siguió, en efecto, la
mayor incomprensión. Pedro acogió con alegría y entusiasmo el aspecto del
misterio de Cristo referido a su relación con el Padre y a su misión
salvadora ("Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo"), pero su fe vaciló
cuando el mismo Jesús anunció los sufrimientos y el tipo de muerte que le
esperaba.
   Desde esa perspectiva veamos ahora cómo fue la fe de María y de José. A
ellos se les reveló también al principio la identidad del hijo que iba a
nacer: "Será grande, se llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el
trono de David su antepasado" (Lc 1,32). "La criatura que lleva en su seno
viene del Espíritu Santo" (Mt 1,20). María y José acogieron con fe esta
revelación que tampoco venía "de la carne ni de la sangre". María respondió
generosamente al anuncio y José hizo lo que el Ángel le decía. La fe de María
fue elogiada por Isabel y lo mismo hubiera podido decirse de José: Dichosos
vosotros porque habéis creído.
   Pero también a ellos no tardando mucho les tocó oír la segunda parte de
la revelación referente al camino que Dios había elegido para salvar al
mundo. También ellos recibieron, aunque de forma velada, el anuncio de los
padecimientos del Mesías. Pronto supieron que la vida del niño que les había
nacido no sería un paseo triunfal sobre esta tierra. También en su caso el
anuncio del momento doloroso llegó de improviso y a poca distancia de la
exaltación. Después de la presentación en el templo del niño Jesús para el
rito de la circuncisión, dice el evangelio de Lucas: "Su padre y su madre
estaban admirados de los que se decía del niño. Simeón los bendijo, y dijo
a María, su Madre: Mira Éste está puesto para que todos en Israel caigan o
se levanten; será una bandera discutida, mientras que a ti una espada te
traspasará el corazón, así quedará patente lo que todos piensan" (2,33-36).
Palabras misteriosas, pero sin duda cargadas de un significado claro que
diseña un horizonte de sufrimiento futuro. Lo mismo que las que Jesús pronun-
ció ante sus apóstoles sobre su pasión y su muerte.
   Nosotros no conocemos lo que pasó en el alma de María y de José en esos
momentos, como conocemos la reacción de Pedro. Lo que sí sabemos es que, a
diferencia de lo que hizo Pedro, no intentaron oponerse al designio divino,
sino que dejaron que las cosas siguieran por el camino que Dios había
trazado.
   Y el relato de Lucas continúa: "Cuando cumplieron todo lo que prescribía
la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret" (2,39).

Señor Jesús, te bendecimos
por la fuerza y la determinación
con que has asumido el camino de la cruz.
Danos tu Espíritu Santo,
que renueve nuestra mentalidad
demasiado mundana y demasiado sometida
a criterios que no son los del evangelio.
Enséñanos a dar el paso generoso
de entregar nuestra propia vida
para ganarla en el Reino,
de modo que nuestro peregrinar por la tierra
sea un camino hacia la luz de la resurrección.

El signo de la cruz

   La vida del cristiano está marcada desde el bautismo por el signo de la
cruz. A ese signo, repetido tantas veces en la liturgia y fuera de ella,
debería corresponder la actitud profunda de adhesión a Cristo muerto y
resucitado.
   El primer paso para vivir esa actitud, lo sabemos bien, consiste en creer
en Cristo, aceptando la contradicción que para una lógica puramente humana
puede tener el hecho de que la vida y la liberación puedan venir de la
entrega y el sacrificio. La respuesta tajante de Jesús a Pedro muestra que
se trata de un paso decisivo en el que no puede haber componendas.
   Viene luego como consecuencia inmediata la "necesidad", también para
nosotros, de cargar con nuestra cruz. Aquí es importante la recomendación de
S. Pablo (2ª. lectura) de no amoldarnos a la mentalidad del mundo, sino de
adoptar esa postura paradójica que supone el tomar voluntariamente la propia
carga de sufrimiento, que llamamos cruz. A los ojos mundanos puede parecer
una insensatez. "De hecho el mensaje de la cruz para los que se pierden
resulta una locura; para los que se salvan, para nosotros, es un portento de
Dios" (1Co 1,18).
   Entre la vía de la liberación del sufrimiento predicada por las
religiones orientales y la búsqueda morbosa de todo lo que contraría a la
naturaleza, está el camino cristiano de aceptación serena de las
contrariedades propias de nuestra vida y de nuestro mundo, que comprende
también "la entrega generosa de la propia vida como sacrificio vivo,
consagrado, agradable a Dios" (2ª. lectura), al servicio del prójimo.
   Lo importante es saber cargar con la propia cruz para seguir a Jesús. Es
decir, no podemos entender en primer lugar nuestra cruz como sufrimiento,
sino que el deseo de compartir el mismo destino de Jesús, nos lleva a cargar
con la cruz. Sabemos, en efecto, ya de entrada, que seguirlo comportará
momentos de fracaso y de decepción, de pobreza y humillación, de dolor, de
soledad y de muerte. Jesús asumió a sabiendas ese camino fiándose totalmente
del Padre. El triunfo maravilloso del Espíritu Santo sobre las ruinas del
Calvario en el día de la resurrección es nuestra garantía de que ese camino
conduce a la vida.


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sábado, 22 de agosto de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXI


23 de agosto de 2020 - XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIOCiclo A

                                      "¿Quién decís que soy yo?"

-Is 22,19-23
-Sal 137
-Rom 11,33-36
-Mt 16,13-20

Mateo 16,13-20

   Llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo y preguntaba a sus discí-
pulos:
   -¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?
   Ellos contestaron:
   -Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los
profetas.
   Él les preguntó:
   -Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
   Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
   -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
   Jesús le respondió:
   -¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado
nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo:
Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del
infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que
ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra,
quedará desatado en el cielo. Y les mando a los discípulos que no dijeran a
nadie que Él era el Mesías.

Comentario

   La liturgia de la Palabra se abre con una explicación del símbolo de las
llaves que empleará después el evangelio. En el pasaje de Isaías, exponiendo
un caso concreto de la historia de Israel, se explica que este símbolo
representa la posesión de un poder que es estable y firme gracias a la
benevolencia divina.
   El texto del evangelio comprende dos partes fácilmente identificables: la
una se centra en la persona de Jesús, la otra en la de Pedro. Forman parte
también de la misma unidad literaria los versículos siguientes que se
refieren al seguimiento de Jesús por el camino de la cruz.
   La pregunta de Jesús acerca de su propia identidad culmina con la
respuesta de Pedro que confiesa abiertamente su mesianidad y su condición de
Hijo de Dios.
   Dos son los detalles propios del relato de Mateo, que por lo demás
depende casi totalmente de Marcos. El primero, de poca importancia, se
refiere a la lista de los personajes con los que la gente identifica a Jesús.
Mateo añade el profeta Jeremías, quizá por el significado mesiánico de su
persona. El otro detalle tiene mayor relieve. La confesión de fe de Pedro en
Mateo es más completa y expresiva que en Marcos. Mateo añade la expresión "el
Hijo de Dios viviente": Hay que reconocer, sin embargo, que en el evangelio
de Marcos la confesión de fe de Pedro juega un papel muy relevante. Es casi
el centro del segundo evangelio (Cf. Domingo XXIV del ciclo B). También aquí
se ve la orientación más cristológica de Marcos y más eclesiológica de Mateo.
   La segunda parte del texto leído hoy se refiere a la misión de Pedro.
Comienza con el elogio de Jesús no tanto referido a Pedro personalmente
cuanto a la acción del Padre en él. Aparece así Pedro como prototipo del
creyente que acoge la verdad de la fe.
   Su misión viene descrita con tres metáforas cada una de las cuales revela
un aspecto de la misma. La piedra evoca la solidez y estabilidad de los
cimientos subrayando también el aspecto comunitario al aludir a la
construcción que va encima. Añádase además la importancia que tiene en la
Biblia el cambio del nombre de una persona. Las llaves significan poseer no
sólo un poder, sino también una responsabilidad y una misión de vigilancia
y de custodia que cumplir. Finalmente tenemos la expresión de "atar y
desatar". Está tomada del lenguaje jurídico de la época y se empleaba para
distinguir lo que estaba permitido hacer de lo que no lo estaba. Puede tener
dos significados: manifestar de forma auténtica lo que es conforme a la
voluntad de Dios y la capacidad para admitir (o excluir) a una persona en la
comunidad. De esa forma se vinculan fuertemente en la persona de Pedro las
funciones de gobierno y de magisterio.

Pedro y José

   Leyendo el evangelio de hoy desde Nazaret viene espontáneamente la
comparación entre el ministerio de Pedro en la Iglesia y el de José en la
Sagrada Familia. ¿No es toda familia una "Iglesia doméstica"?. Naturalmente
no se trata de hacer una fácil transposición de funciones, ni un calco de las
figuras, sino de ver cómo la misión que José desempeñó puede iluminar de
algún modo la del responsable de la comunidad cristiana.
   La autoridad de José se funda en la obediencia de la fe. Y ésta consiste
en esa actitud básica "por la que el hombre se confía libre y totalmente a
Dios prestándole el homenaje del entendimiento y de la voluntad, y asintiendo
voluntariamente a la revelación hecha por Él" (D. V. 5). La fe de José, que
desde el principio se encuentra con la fe de María (R.C. 4), es la que le
constituye en el depositario del misterio que Dios le confía. Si no lo
confiesa explícitamente, como Pedro, podemos decir que su vida entera es un
testimonio de la revelación de Jesús como Mesías e Hijo de Dios.
   La autoridad de José se ejerce en la línea de la paternidad. La
intervención del Espíritu Santo en la concepción virginal de Jesús no excluye
la colaboración humana de José. Jesús es el hijo de María pero es también el
hijo de José por su matrimonio. José es así llamado a tener una
responsabilidad en la familia de Jesús que introduce ya, de hecho, en lo que
será la estructura sacramental de la Iglesia. José asume todas las tareas y
funciones de un verdadero padre, aun sin serlo biológicamente. Como Pedro que
es colocado como cimiento de la Iglesia, sabiendo bien claramente que "un
cimiento diferente al ya puesto, que es Jesús, nadie puede ponerlo" (1Co
3,11). Esa atribución, por gracia, de lo que compete sólo a Cristo, debe ser
tenida siempre presente en la Iglesia, no sólo por parte de quienes ejercen
funciones de autoridad, sino por todos.
   La autoridad de José‚ se lleva a cabo como discipulado y como servicio.
"Su paternidad se expresa concretamente en haber hecho de su vida un
servicio, un sacrificio al misterio de la encarnación y a la misión redentora
que lleva unida; en haber usado la autoridad legal, que le correspondía como
jefe de la Sagrada Familia, para vivirla como don de sí, de su vida, de su
trabajo; en haber convertido su vocación humana al amor familiar, en oblación
sobrenatural de sí mismo, de su corazón y de sus capacidades en el amor
puesto al servicio del Mesías que había germinado en su propia casa" (Pablo
VI Alocución del 19-3-1966).
Vemos ya dibujado en José‚ el estilo del ejercicio de la autoridad como
servicio que Jesús pedirá en el evangelio a sus apóstoles.

Padre Santo, sólo con la fuerza del Espíritu Santo
podemos confesar la verdad acerca de Jesucristo.
Te bendecimos
porque en el misterio del Hijo
nos revelas también tu rostro
y tu designio de salvación para todos los hombres.
Junto con la firmeza en la verdadera fe,
danos una gran voluntad de comunión;
enséñanos a sentirnos a todos, responsables
de nuestra comunidad
colaborando con quienes son signos
de tu presencia de Padre
y ayudándolos a cumplir su misión.

Sentido de Iglesia

   La reflexión sobre la identidad de Jesús y sobre la misión de Pedro nos
llevan a examinar también el sentido de Iglesia que nosotros tenemos. Es uno
de los factores más importantes para crecer en la vida cristiana.
   Es la presencia de Cristo resucitado (Mt 28,28) la que garantiza a la
Iglesia su unidad y dinamismo en el cumplimiento de su misión en la historia.
Pero hay que tener en cuenta que el mismo Cristo ha designado un fundamento
visible. Esto nos lleva a recordar algunas afirmaciones esenciales del
Vaticano II que deben ser ya patrimonio de la mentalidad del cristiano desde
hace años. "Cristo, Mediador único, estableció su Iglesia santa, comunidad
de fe, de esperanza y de caridad en este mundo como una trabazón visible y
la mantiene constantemente, por la cual comunica a todos la verdad y la
gracia. Pero la sociedad dotada de órganos jerárquicos, y el cuerpo místico
de Cristo, reunión visible y comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la
Iglesia dotada de bienes celestiales, no han de considerarse como dos cosas,
porque forman una realidad compleja, constituida por un elemento humano y
otro divino. Por esa profunda analogía se asimila al misterio del Verbo
encarnado. Pues como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino de órgano
de salvación a Él indisolublemente unido, de forma semejante la unión social
de la Iglesia sirve al Espíritu de Cristo, que la vivifica para el incremento
del cuerpo (Cf. Ef. 4,16)" (L.G. 8).
   El "sentido de Iglesia", que comporta no sólo el hacerse una idea clara
acerca de su naturaleza y su misión, sino además un amor grande y vital hacia
todo lo que la concierne, es uno de los grandes criterios para discernir la
madurez cristiana. Está también en el origen de los grandes compromisos de
todos los tiempos para renovar la misma Iglesia y para contribuir a realizar
su misión evangelizadora.

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