sábado, 3 de octubre de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXVII

 4 de octubre de 2020 – TO - XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

 

                                 "Se os quitará a vosotros el Reino"

 

-Is 5,1-7

-Sal 79

-Fil 4,6-9

-Mt 21,33-43

 

Mateo 21,33-43

 

   Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo:

   -Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la

rodeó con una cerca, plantó en ella un lagar, construyó la casa del guardia,

la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la

vendimia, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le

correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno,

mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que

la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su

hijo diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo". Pero los labradores, al ver al

hijo, se dijeron: "Este es el heredero; venid, lo matamos y nos quedamos con

su herencia". Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron.

   Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos

labradores? Le contestaron:

   -Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros

labradores que le entregue los frutos a sus tiempos.

   Y Jesús les dijo:

   -¿No habéis leído nunca en la Escritura: "La piedra que desecharon los

arquitectos es ahora la piedra angular. es el Señor quien lo ha hecho, ha

sido un milagro patente"?

   Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los cielos y se

dará a un pueblo que produzca sus frutos.

 

Comentario

 

   La tercera parábola de Jesús en su disputa con los sumos sacerdotes y los

senadores del pueblo es la más dura y directa. Se trata de una descripción,

apenas velada por el artificio literario, del drama que se estaba fraguando.

Pronunciada poco antes de comenzar la pasión, esta parábola es una verdadera

profecía de lo que iba a suceder. Los oyentes y adversarios de Jesús

"comprendieron que se trataba de ellos", dice el evangelista.

   Desde el punto de vista formal, se trata de una parábola alegórica,

porque si bien existe un punto central de comparación con la realidad, hay

también muchos otros fácilmente identificables sin necesidad de

explicaciones.

   Considerando la globalidad del significado, se trata de un resumen de la

historia de la salvación. De una parte está el amor de Dios hacia su pueblo

("la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel", Is 1,6; 1ª lect),

que colma de atenciones a su propiedad y que espera de aquéllos a quienes la

ha confiado "los frutos a su debido tiempo". Pero al "in crescendo" del amor

y de la premura del dueño de la viña corresponde el "in crescendo" de la

maldad de los arrendatarios, que en la parábola está subrayada por la

progresión de los verbos: "apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo

apedrearon".

   Los enviados por el dueño de la viña representan a los profetas, quienes

en los diversos momentos de la historia se encargan de recordar a quién

pertenece el campo y qué frutos espera de Él. Casi siempre encontraron

oposición en su misión y muchas veces pagaron con su vida la fidelidad al

mensaje que llevaban.

   Se llega al punto culminante cuando de forma inesperada, vistos los

resultados precedentes, el dueño decide enviar a su hijo (Marcos subraya "a

mi hijo predilecto", y Lucas "a mi hijo único"). No se trata de un enviado

más, es la última ocasión, y por lo tanto la historia se precipita llegando

a su punto final. La muerte del hijo, que en el absurdo razonar de los

viñadores debía suponer el entrar en posesión de su herencia, se convierte,

por el contrario, en su propia condenación. Mientras el hijo es exaltado y

colocado como piedra angular.

   De forma sarcástica el evangelista hace que los opositores de Jesús

pronuncien su autocondenación al declarar culpables a los viñadores homicidas

en cuanto responsables del campo que se les había confiado.

   La parábola tiene también una lectura eclesial, pues la nueva comunidad

surgida de la muerte y resurrección de Cristo es el pueblo que debe producir

los frutos del Reino. Por lo tanto el amor apremiante de Dios, manifestado

definitivamente en Cristo, está pidiendo una repuesta de plena fidelidad en

el tiempo presente.

 

El envío del Hijo

 

   Lo que da toda la profundidad dramática a la parábola es la sorprendente

decisión del dueño de la viña de jugarse la última carta mandando nada menos

que a su hijo único.

   La serie de atenciones prodigadas a la viña en las que se reflejan todas

las acciones de Dios en favor de su pueblo, no pueden tener como explicación

el deseo de unos frutos más o menos abundantes. Es sólo el amor, un amor

inmenso y permanente, deseoso de una respuesta, la única motivación de Dios

en favor de su pueblo. Por amor lo creó, lo eligió y lo condujo a lo largo

de los siglos (Dt 7,7). Pero lo más sorprendente es el gesto final de ese

amor: "Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único" (Jn 3,16). El envío

del Hijo revela la cercanía, la atención, la fidelidad, el amor de Dios hacia

su pueblo más que ninguna otra cosa. De rechazo pone también en evidencia la

maldad de quienes no sólo acaban con los profetas sino que ponen también las

manos sobre el último enviado. La "ingenuidad" del amor paterno ("tendrán

respeto a mi hijo") se encuentra con la astucia y dureza de corazón de los

responsables del pueblo.

   Revelando en la parábola estas cosas, Jesús se muestra plenamente

consciente de su identidad, del vínculo personalísimo que lo une con el

Padre, del sentido de su misión en el mundo y del misterio de iniquidad que

acabará echándole fuera de la ciudad y matándolo (Heb 13,13). Es inexplicable

esa actitud de oposición al Reino de Dios que termina por rechazar al último

y definitivo de sus enviados, al Hijo. Hay en la actitud de los opositores

de Jesús una tremenda inconsciencia unida a la responsabilidad de un

procedimiento madurado largamente y ejecutado a pesar de haber recibido

previamente aviso de la trascendencia del acto que iban a realizar.

   Si el gesto definitivo del amor de Dios enviando al Hijo pone de

manifiesto lo que hay en el fondo de los corazones de los hombres, si revela

el misterio de la iniquidad y el rechazo de algunos, revela también la fe y

la humilde acogida de otros."Vino a los suyos y los de su casa no le

recibieron..."(Jn 1).

   María y José se encuentran entre quienes supieron valorar la

trascendencia del momento final de la historia de la salvación en el que Dios

decidió enviar a su Hijo para demostrar la validez y permanencia de su

alianza con los hombres. Así lo proclama María en el Magnificat evocando los

gestos de misericordia de Dios "en favor de Abrahán y de su descendencia".

Pero sobre todo dando su consentimiento cuando se le anuncia que "el santo

que va a nacer se llamará Hijo de Dios". No se trataba, pues, de uno más de

los enviados por Dios a su pueblo, se trataba del envío de su Hijo.

 

Te bendecimos, Padre, por habernos mandado

en la plenitud de los tiempos

a tu Hijo amado

para revelarnos tu amor

y establecer tu Reino entre los hombres.

Tu amor y confianza en el hombre

ha pasado por encima

de la maldad y perversión

que anida también en su corazón.

De esta forma, de la tragedia del Calvario

ha brotado la efusión del Espíritu Santo

que construye un pueblo nuevo

sobre el cimiento que es Cristo

y que asume la responsabilidad

de anunciar a todo el mundo esa buena nueva

y de operar para que venga tu Reino.

 

Fidelidad

 

   Si la primera parte del evangelio de hoy se centra en el misterio de la

persona, la misión y el destino de Jesús, el hijo enviado por el Padre, las

sentencias que el evangelista coloca en la segunda parte hablan más bien de

la Iglesia.

   La Iglesia, nuevo pueblo de Dios, llamada no sólo a recibir la herencia

dilapidada por los viñadores infieles, sino también a producir los frutos del

Reino que el Padre espera. De ahí una fuerte llamada a nuestra fidelidad. La

trayectoria del pueblo de Israel ilumina hoy el camino que la Iglesia está 

llamada a recorrer.

   El primer aspecto de la fidelidad al que estamos llamados es la atención

que prestamos y la acogida que dispensamos a quienes son enviados por Dios.

El rechazo definitivo del Hijo es el último eslabón de una cadena de cerrazón

ante las llamadas de atención de muchas embajadas que venían de parte de Dios

y que no fueron aceptadas. La dinámica de la infidelidad lleva al paso,

aparentemente incomprensible, del rechazo total en el momento clave. Lo mismo

puede decirse en sentido opuesto, una actitud permanente de acogida y de

fidelidad prepara el momento cumbre en el que Dios se presenta en persona.

   La segunda reflexión sobre la fidelidad apunta hacia los frutos que Dios

espera de nosotros. El domingo pasado se nos pedía un esfuerzo de claridad

y coherencia cristiana. Los frutos son los que mejor muestran la veracidad

de nuestra vida cristiana y el estado de salud espiritual en que nos

encontramos.

   Pero ¿qué frutos? Ante todo la caridad en sus múltiples manifestaciones.

Una descripción muy válida es la que encontramos en la 2ª. lectura. "Todo lo

que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud

o mérito, tenedlo en cuenta". Es la apertura hacia los valores humanos y

cristianos lo que va consolidando día a día el amor de Dios y estableciendo

ya desde ahora ese Reino de Dios por el que Jesús murió.

 

TEODORO BERZAL hsf

sábado, 26 de septiembre de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXVI

 27 de septiembre de 2020 - XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

 

                                                  "Se arrepintió y fue"

 

-Ez 18,25-28

-Sal 24

-Fil 2,1-11

-Mt 21,28-32

 

Mateo 21,28-32

 

   Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

   -¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le

dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña". El contestó: "No quiero". Pero

después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. El le

contestó: "Voy, señor". Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el

padre?

   Contestaron:

   -El primero.

   Jesús les dijo:

   -Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera

en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el

camino de la justicia y no le creísteis; en cambio los publicanos y las

prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepen-

tisteis ni le creísteis.

 

Comentario

 

   La parábola de los dos hijos que leemos en el evangelio de hoy sigue a la

controversia de Jesús sobre su autoridad con los responsables religiosos del

pueblo judío. Es una parábola propia de Mateo y, situada después de la

entrada mesiánica en Jerusalén y la purificación del templo, tiene una

función de ruptura con las autoridades judías. La respuesta de Jesús a

quienes le preguntaban ¿con qué autoridad cumplía aquellos gestos? comprende

en el evangelio dos partes: la parábola y su explicación.

   La parábola se abre con una pregunta retórica (¿Qué os parece?) que

sirve para relacionarla con el párrafo anterior y al mismo tiempo para

implicar a los oyentes en la explicación.

   El fuerte contraste entre el comportamiento de los dos hijos, reducido en

el relato evangélico a los rasgos esenciales, refleja de forma esquemática

los dos grupos principales de quienes hasta entonces habían escuchado a Jesús

y lo habían seguido y, desde una perspectiva más amplia, los dos componentes

fundamentales de la sociedad judía de su tiempo.

   Viene en primer lugar el hijo que da una respuesta negativa, pero después

se arrepiente, se convierte, dice literalmente el texto. En el polo opuesto

está el otro hijo que llama al padre "señor", tratándole con la debida

reverencia y respeto, considerándolo digno de ser escuchado y a quien se debe

responder con educación. Pero después, en la práctica, no existe concordancia

entre lo que se dice y lo que se hace.

   Ante el padre de la parábola, que representa a Dios, última garantía de

verdad, en el primer hijo están representados quienes no tienen en cuenta las

prescripciones de la ley de Moisés y pertenecen, en un primer momento, a la

categoría de los "pecadores". En el segundo hijo están representados los

observantes de la ley, los que son fieles a las prescripciones de la

religión, los justos. El punto clave está, sin embargo, en el hecho de que,

ante el anuncio del Reino efectuado primero por Juan y luego por Jesús,

fueron los primeros los que se convirtieron y no los segundos.

   A través de la parábola y su explicación evangélica se desplaza así el

problema desde la legitimidad y autenticidad del mensajero (autoridad de Juan

o de Jesús) hacia la acogida efectiva que se da a su mensaje. O si se quiere,

más en general, teniendo también en cuenta lo que se dice en la 1ª. lectura,

la cuestión de fondo es dar una respuesta personal y responsable a Dios, que

nos interpela y nos pide recapacitar y convertirnos a su voluntad para vivir

verdaderamente.

 

Obediencia de la fe

 

   La parábola evangélica pone de manifiesto una de las dimensiones

esenciales del misterio de Nazaret, que podemos sintetizar con la expresión:

obediencia de la fe. Fue ese, en efecto el camino que María y José siguieron.

   Muchos judíos contemporáneos suyos, y en particular los fariseos,

esperaban que la venida del Mesías supondría una confirmación de la situación

existente. Es decir, de un lado, ellos, los justos, el pueblo elegido, el

hijo que había dicho sí a su Señor... Del otro, los pecadores, los paganos,

los demás pueblos, que hasta entonces habían dado a Dios una respuesta

negativa. Pero la venida del Mesías rompió totalmente ese esquema, y María

y José, como todos los auténticamente creyentes, lo habían entendido así

desde el principio.

   Ellos comprendieron que de poco sirve ser de la casa de David, ser hijos

de Abrahán o apelar a los privilegios del pasado. Lo importante es la actitud

personal ante Dios. En realidad, Éste puede sacar hijos de Abrahán incluso de

las piedras, es decir, de los pecadores más insensibles. Lo que cuenta es,

en el momento definitivo, cuando se escucha la llamada de la fe, dar un sí

a Dios sin condiciones.

   Pero el mensaje evangélico ilumina hoy sobre todo la importancia que

tiene la respuesta concreta, la que se da con la vida y no tanto con las

palabras. Entramos así de lleno en el tema de la obediencia de la fe que

tanto brilla en Nazaret.

   Más allá del contraste entre el decir y el hacer, está el que se produce

entre la incredulidad y la fe. La obediencia de la fe traduce esa armonía

profunda entre la aceptación de lo que Dios propone y la transformación de

la propia vida hasta hacerla coincidir con su voluntad.

   Por una parte la obediencia no es posible si antes la fe no descubre en

qué consiste la llamada de Dios, que se manifiesta normalmente a través de

sus mensajeros; por eso la fe debe preceder a la obediencia. Por otra parte,

la fe que no acaba en el cumplimiento de la voluntad de Dios con actos

concretos, es vana, pura ilusión. De algún modo el actuar del creyente es

interpretación de su fe.

   Y eso fue en realidad la existencia de la Sagrada Familia en Nazaret: una

traducción coherente durante largos años del sí dado a Dios al comienzo.

Jesús, María y José mantuvieron siempre la actitud profunda de humildad que

los llevó a vivir como una familia cualquiera, pasando por una de tantas. Ese

es el camino que más tarde llevó a Jesús a la humillación de la cruz y al

triunfo de la resurrección.

 

Padre, te bendecimos porque tú conoces lo más íntimo

de nuestro corazón,

y porque nos has dado la libertad

de responder a lo que nos mandas.

Tú ofreces a todos la salvación

y a todos pides el paso necesario de la conversión

para entrar en el Reino.

Danos el Espíritu Santo

que cree en nosotros esa armonía profunda

entre lo que te decimos en la oración

y lo que hacemos en nuestra vida.

Enséñanos el camino de la verdad y de la humildad

que siguió Jesús.

 

Hágase tu voluntad

 

   Las lecturas de hoy tienen un sentido mirando no sólo al momento inicial

del anuncio del Reino, que se traduce en la aceptación de la salvación y la

consiguiente conversión. Si las meditamos bien, se refieren también al

momento actual de nuestra vida de cada día. Hay en ellas efectivamente una

llamada a buscar cuáles son las motivaciones profundas y auténticas de

nuestro obrar, a ser coherentes con lo que decimos creer.

   En la vida cristiana, para que se dé un crecimiento constante y sano, la

primera condición es la constante búsqueda de claridad, de autenticidad. La

erradicación de la hipocresía es una labor de toda la vida. Si no estamos

atentos, constantemente tienden a colársenos motivaciones falsas en lo que

hacemos, podemos aparentar estar diciendo sí a Dios cuando en realidad

estamos tratando de realizar nuestra voluntad o los deseos de otros.

   Para eliminar esa falsedad interior, que vicia la raíz de toda vida

cristiana, se necesita una atención constante sobre el propio obrar y sobre

las motivaciones que nos llevan a la acción. "Quien obra la verdad viene a

la luz" (Jn 3,21).

   La principal preocupación del cristiano pasa a ser en este campo un

esfuerzo de discernimiento de la voluntad de Dios: presentarnos ante el Padre

para que nos mande a su viña. Y esto de manera constante y sistemática,

tratando de adherirnos a lo que creemos ser su voluntad. Esto comporta una

apertura de todo nuestro ser en la oración, pero también el deseo de

interpretar los signos y de descubrir en las mediaciones concretas que se nos

van presentando cada día, ese rostro personal y vivo del Padre que envía. En

eso consiste la rectitud del corazón, la claridad interior, imprescindible

para todo progreso espiritual.

   Existirá siempre una distancia entre lo que descubrimos ser la voluntad

de Dios y lo que hacemos. Lo importante es mantenernos siempre en esa actitud

de atención a su palabra y de prontitud en el cumplimiento de lo que nos

pide, convencidos como debemos estar que en la voluntad de Dios está nuestro

bien, nuestra salvación y la del mundo.

 

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL hsf

 

 

Ciclo A - TO - Domingo XXIV

 20 de septiembre de 2020 - XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

 

                     "...si cada cual no perdona de corazón a su hermano"

 

-Eclo 27,30-28,7

-Sal 102

-Rom 14,7-9

-Mt 18,21-25

 

Mateo 18,21-25

 

   Acercándose Pedro a Jesús, le preguntó:

   -Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta

siete veces?

   Jesús le contestó:

   -No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

   Y les propuso esta parábola:

   -Se parece el Reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas

con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron a uno que debía

diez mil talentos. Como no tenía con que pagarlos, el señor mandó que lo

vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara

así.

   El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:

   -Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.

   El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole

la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros

que le debía cien denarios, y agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:

   -Págame lo que me debes.

   El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia

conmigo y te lo pagaré.

   Pero él se negó, y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara todo lo

que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron

a contarle al señor lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:

   -­Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo

Pediste ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo tuve

compasión de ti?

   Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la

deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona

de corazón a su hermano.

 

Comentario

 

   La segunda parte del discurso sobre la comunidad, que leemos este

domingo, está centrada en el problema del perdón de las ofensas: punto clave

para la construcción de una Iglesia que está formada por personas con todos

sus límites y debilidades.

   El texto se articula en dos partes: un diálogo entre Pedro y Jesús que

plantea la cuestión, y una parábola que expone con claridad la enseñanza de

Jesús. La sentencia conclusiva es la aplicación práctica de la parábola al

caso planteado por Pedro.

   Para entender la pregunta de Pedro, hay que recordar que en la mentalidad

judía existía la obligación de perdonar las ofensas, pero los rabinos

discutían sobre el número de veces que hay que perdonar. La propuesta de

Pedro de siete veces hay que considerarla como muy generosa, pues parece que

iba más allá de la opinión corriente. Eso explica también lo sorprendente de

la propuesta de Jesús, que va hasta setenta veces siete, es decir,

prácticamente un número ilimitado. La fórmula usada por Jesús tiene un

precedente en la Biblia, aunque de signo opuesto. En el libro del Génesis

(4,24), a propósito de Lamech, se dice que si Caín debe ser vengado siete

veces, él lo será setenta veces siete. Es decir, en una humanidad abandonada

a sí misma después del pecado de Adán, la venganza es imparable; llega a una

exasperación tal que nadie la contiene. Jesús, por el contrario, propone un

tipo de humanidad nueva basada sobre el amor recíproco, que incluye una

actitud permanente de perdón.

   Tal enseñanza es ilustrada por una parábola que comprende tres escenas

unidas por una lógica hecha de contrastes.

   En la primera tenemos el perdón otorgado por un rey a su siervo. Se trata

de un acto sorprendente porque va contra las leyes normales de la justicia

y por la suma exorbitante que queda cancelada.

   Frente a la generosidad del rey, que puede representar la de Dios, en la

segunda escena aparece la mezquindad del siervo, incapaz de perdonar a su

colega una cifra ridícula. Esa actitud inhumana representa bien el corazón

que no valora el don recibido y se cierra a la generosidad.

   La lógica conclusión es la condena de ese siervo que se ha negado a

perdonar, por no haber seguido en lo poco la misma línea de conducta que su

amo le había enseñado en lo mucho.

   Queda así resuelto y llevado a sus proporciones más grandes el problema

inicial. No se trata de ampliar más o menos el número de veces que hay que

perdonar, sino como hace el Padre, estar siempre dispuestos a conceder el

perdón, tanto en las cosas grandes como en las pequeñas.

 

"Recuerda la alianza del Señor"

 

   La 1ª. lectura de este domingo pide al creyente en tono sapiencial que,

para mantener una actitud de apertura y de perdón con respecto al prójimo,

recuerde la alianza del Señor y los beneficios que de él ha recibido.

   Un modo de meditar el evangelio desde Nazaret es ver cómo la fuerza

espiritual de este misterio proviene de la acogida sincera y de la alta

valoración del don de Dios. Ese "recuerdo" de las maravillas obradas por Dios

es lo que pone en marcha las actitudes evangélicas que vemos reflejadas en

los tres que vivieron en Nazaret. No sabemos en qué medida tuvieron que

"perdonar", pero sabemos que como cimiento de su vida estaba la valoración

atenta del inmenso don de Dios que lleva al perdón de las ofensas, a la

adoración, a la entrega generosa de la propia vida... En particular María,

en el canto del Magn¡ficat, se coloca en esa actitud de acogida y recono-

cimiento que explica su posterior camino de fe. "El Poderoso ha hecho grande

cosas por mí" (Lc 1,48).

   Por ese camino penetramos en el núcleo más profundo del evangelio de este

domingo. Su contenido se mueve, en efecto, entre dos polos opuestos. De una

parte está la postura sorprendente del "rey" que, de la condena rigurosa de

su siervo infiel pasa al generoso y gratuito perdón de todas sus deudas. Ese

cambio radical de actitud en el rey es el que, como reflejo, quiere

introducir Jesús en la imagen que sus oyentes tienen de Dios. De pensar en

un ser que pide cuentas y no pasa por alto ninguna infidelidad a la imagen

de un Padre que perdona generosamente ("Lo dejó marchar perdonándole toda la

deuda").

   De la otra parte está la actitud, también sorprendente, pero esta vez en

sentido negativo, del siervo que no perdona la mínima deuda a su compañero.

Pero en la lógica de la parábola lo más negativo de su comportamiento es que

no recuerda el beneficio que acaba de recibir. Es desconcertante cómo, a

renglón seguido de haber recibido el perdón de una gran deuda, ese acto de

generosidad del rey queda borrado de su corazón. La falta de generosidad en

el perdonar tiene como raíz el olvido del gesto de misericordia de que ha

sido beneficiario.

   Esa disyunción entre el perdón recibido y el perdón otorgado, que es el

centro del significado de la parábola, tiene como explicación la estrechez

de espíritu de quien no sabe valorar el don recibido. "¨No debías también tú

tener compasión de tu compañero?" Es la razón que el rey da para volver a su

actitud primera de condena, y esta vez con carácter definitivo.

   Cobra así todo su valor la "memoria" de las maravillas de Dios que se

vivió en Nazaret para mantener y estimular la actitud de apertura y perdón

en la vida de cada día.

 

Padre bueno y misericordioso,

que perdonas nuestras ofensas

como nosotros perdonamos a los que nos ofenden,

te bendecimos por Jesús, tu Hijo,

cuyo amor es más grande que nuestros pecados.

Que el Espíritu de amor,

que has derramado en nosotros,

nos lleve a buscar la reconciliación y el perdón

para ser semejantes a ti.

Enséñanos a acoger con reconocimiento

el don de tu misericordia

y a prologar ese gesto tuyo

en nuestra vida.

 

Perdonar

 

   La palabra de Dios nos lleva hoy a ver en el perdón otorgado y recibido,

no un aspecto circunstancial de la vida del cristiano, sino por así decirlo,

una estructura permanente de su existencia. Como la comunidad cristiana y

cada persona debe vivir en actitud permanente de misión y de apertura a Dios,

tiene que vivir también en estado permanente de reconciliación mutua entre

sus miembros. "No siete veces, sino setenta veces siete..."

   Para no disminuir la grandeza de esta realidad cristiana de la

reconciliación, necesitamos guardarnos de algunas tendencias que tratan de

vaciarla de su contenido.

   Digamos en primer lugar que la actitud de perdón no significa renunciar

a un juicio recto y a la lucha contra la mentira y la injusticia en todas sus

manifestaciones. La madurez cristiana lleva a saber conjugar la corrección

fraterna con el perdón e infinito respeto a las personas, el desacuerdo con

todo lo que no es conforme al evangelio con la acogida de todo lo que es

humano.

   El perdón cristiano está fuertemente marcado por la reciprocidad: se

ofrece y se pide. Hay quienes son muy propensos a pedir siempre perdón, aun

en detalles mínimos, y no ven, sin embargo, la necesidad de ofrecerlo. Otros,

por el contrario, y es el caso más frecuente, creen estar siempre dispuestos

a perdonar. Pueden éstos llegar a crearse incluso una mentalidad falsamente

generosa si no llegan a descubrir la necesidad que todos tenemos de ser

perdonados por los demás como reflejo del gesto de misericordia de Dios. En

la mayoría de los casos quien dice: "Te perdono", debe estar dispuesto a

decir también: "Perdóname".

   Otra ambigüedad a la que estamos llevados frecuentemente cuando se trata

de perdonar, es la de pensar que basta con el cambio interior de actitud sin

dar los pasos hacia una reconciliación plena, que llega hasta los actos

concretos de estima y servicio mutuo. Normalmente son estos últimos los que

sellan la mirada nueva y el nuevo tono de voz que ha madurado en el fondo del

corazón.

   Para concluir habría que decir también una palabra sobre los mediadores,

los que saben propiciar situaciones de encuentro y de reconciliación. Son los

que saben vivir la bienaventuranza de la paz, los creadores de paz.

 

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL hsf