sábado, 7 de noviembre de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXXII

 8 de noviembre de 2020 - XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

 

                                               "Llegó el esposo"

 

-Sab 6,13-17

-Sal 62

-1Tes 4,12-17

-Mt 25,1-13

 

Mateo 25,1-13

 

   Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

   -El Reino de los cielos se parece a diez doncellas que tomaron sus

lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco

sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite, en cambio,

las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo

tardaba. Le entró sueño a todas y se durmieron. A media noche se oyó una voz:

"¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!" Entonces se despertaron todas

aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias

dijeron a las sensatas: "Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan

las lámparas". Pero las sensatas contestaron: "Por si acaso no hay bastante

para vosotras y nosotras, mejor es vayáis a la tienda y os lo compráis".

   Mientras iban a comprarlo llegó el esposo, y las que estaban preparadas

entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde

llegaron también las otras doncellas, diciendo: "Señor, señor, ábrenos". Pero

él respondió: "Os lo aseguro: no os conozco". Por tanto, velad, porque no

sabéis el día ni la hora.

                         

Comentario

 

   La parábola de las diez vírgenes forma parte del llamado discurso

escatológico que ocupa los capítulos 24 y 25 del evangelio de Mateo. En él

se trata ampliamente el tema del fin de los tiempos y la Iglesia lo propone

como lectura litúrgica al comienzo y al final del año litúrgico.

   La colocación de la parábola de las diez vírgenes en este contexto

modifica también su significado original. Probablemente cuando Jesús contó

la parábola pretendía insistir en la prontitud ante la llamada de Dios.

Partiendo de una costumbre judía en la celebración de las bodas, Jesús

advierte que con su venida Dios ha lanzado la última llamada para que los

hombres se conviertan y entren en el Reino. Ahora bien, la respuesta no se

improvisa: hay que estar preparados. De ahí la insistencia en mantenerse

despiertos y de tener el aceite para encender la lámpara y acompañar al

esposo en la fiesta de las bodas de Dios con la humanidad.

   A este sentido originario, el evangelista Mateo, que escribe para la

segunda generación cristiana, cuando ya la esperanza en la vuelta inmediata

del Señor tiende a aflojarse, le añade un matiz fuertemente escatológico. El

acento se desplaza en el significado de la parábola hacia la necesidad de

mantenerse vigilantes aunque parece que la voz que anunciará la llegada del

esposo tiende a atrasarse. En esa situación, quien se duerme, quien no se

mantiene constantemente preparado, corre el riesgo de encontrarse un día con

la puerta cerrada. De esta forma, la parábola se coloca en la misma línea de

significado que tienen las del siervo fiel que la precede (Mt 24,45-51) y la

de los talentos, que le sigue (Mt 25,14-30).

   Hay dos elementos en la parábola que acrecientan su carácter

escatológico. El primero es la aparición de improviso del esposo. Parece que

las conversaciones entre las familias del esposo y de la esposa podían

prolongarse, nadie podía saber a ciencia cierta cuándo las doncellas tendrían

que incorporarse al cortejo nupcial. El otro elemento es que la puerta se

cierra definitivamente. Cuando las vírgenes necias llegan con retraso, no hay

posibilidad de una solución de compromiso, la puerta está cerrada y ya no se

puede entrar. Es un momento dramático, tajante, que establece una distinción

definitiva entre quien participa en el festín y quien se queda fuera.

   Por eso el punto clave de la parábola no está ya en las condiciones de la

espera (Todas las jóvenes se duermen, todas tiene la lámpara), sino en el

tener o no tener el aceite. Ese es el detalle que establece la diferencia

final.

   La verdadera sabiduría consiste en tener la lámpara encendida en el

momento oportuno; como consecuencia, la provisión de aceite debe estar en

relación con el momento de la llegada del esposo y no de los cálculos que uno

puede hacer sobre su posible retraso.

 

"Se cumplieron los días"

 

   La Iglesia nos invita en este final del año litúrgico a dirigir la mirada

hacia las cosas últimas, los "novísimos" como se decía antiguamente. Hoy

preferimos hablar de escatología cristiana. De todas formas la parábola

evangélica que leemos en este domingo nos ayuda a interpretar la vida como

espera del cumplimiento de algo que está ya incoado en nuestra vida.

   Como hemos meditado en otras ocasiones, también los evangelios de la

infancia de Cristo tiene un aspecto escatológico que nos permite comprender

y vivir mejor esta dimensión del mensaje cristiano.

   Una de las expresiones que más recalcan que con la venida de Jesús la

historia ha llegado a su término es la que hemos puesto más arriba como

título: "Se cumplieron los días". Lucas la emplea sistemáticamente en los dos

primeros capítulos de su evangelio y lo hace con dos sentidos: uno biológico

y el otro litúrgico.

   Al primero pertenece la señalación del tiempo de los anuncios,

concepciones, nacimientos, etc. "A Isabel se le cumplió el tiempo y dio a luz

un hijo" (1,57), también a María "le llegó el tiempo del parto y dio a luz

a su hijo primogénito" (2,7). El otro sentido es de carácter litúrgico y a

veces profético. Al "cumplirse los días" de su servicio litúrgico, Zacarías

regresa a casa... (1,23); "Al cumplirse los ocho días, cuando tocaba

circuncidar al niño le pusieron de nombre Jesús" (2,21). Todo ese ambiente

de promesas cumplidas, que el texto va tejiendo poco a poco culmina en el

cántico de Simeón: "Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo

irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador" (2,29-30). El mismo

sentido tiene el uso de los verbos en pasado en el Magnificat.

   Algunos han visto también una relación entre el cumplimiento de las

Escrituras, tema constante en el evangelio de Mateo, y el cumplimiento de los

tiempos que Lucas subraya.

   En uno y en otro caso la llegada de Jesús es la oportunidad última y

definitiva de salvación que Dios ofrece a los hombres. Pero ese cumplimiento

del tiempo de Dios no es una especie de ultimátum amenazador para el hombre.

Al contrario, Dios va plenificando desde dentro la historia humana, le va

dando sentido. Mediante el Espíritu Santo estimula a cada persona para que

dé un sí libre a su llamada.

   Por otra parte el cumplimiento escatológico que presentan los evangelios

de la infancia de Cristo, se presenta con sencillez y humildad, despojado de

la gloria aparente y externa con que la imaginación tiende a arropar todo lo

que se refiere a los últimos tiempos. Para Mateo y Lucas, Cristo es el

cumplimiento de las promesas hechas a los padres, pero se trata de un

cumplimiento realizado bajo el signo de la cruz, por eso llevado a cabo con

discreción, como una puerta que se abre o que se cierra.

   Así surge la vida nueva, la etapa última de la historia de la salvación

marcada por la acción del Espíritu Santo. De parte humana lo que encontramos

como actitud predominante es la premura por una fidelidad gozosa, la espera

llena de la certeza que no defrauda...

 

Te alabamos, Padre,

porque con la venida de Jesús

nos has llamado definitivamente

a entrar en tu alianza de amor con la humanidad.

Que el Espíritu Santo

nos dé la sabiduría de la vida

para vivir la espera

con una buena provisión

del aceite del amor,

de modo que en cualquier momento,

del día o de la noche,

estemos preparados para la fiesta nupcial.

 

"Velad"

 

   La sentencia final del evangelio de hoy es una exhortación a la

vigilancia, como lógica conclusión de la parábola de las diez vírgenes.

   Pero la actitud de vigilancia en el contexto de la liturgia de este

domingo tiene varios aspectos. Ciertamente está la vigilancia referida al

"último día", que para cada uno acontece el día de su muerte y puede llegar

cuando menos se espera. Pero la vigilancia cristiana se refiere también al

presente, al día de hoy. Estar vigilantes, o mejor ser vigilantes o vivir

vigilantes, significa entonces tener una gran sensibilidad hacia todo lo que

sucede a nuestro alrededor. La distracción, la superficialidad, el pensar

demasiado en nosotros mismos, pueden ir cerrándonos poco a poco el campo de

nuestra sensibilidad espiritual para reconocer sólo algunos signos. La

vigilancia cristiana lleva a una apertura total: una apertura hacia todo,

porque todo nos puede avisar de la llegada de Dios.

   Si la vigilancia es sensibilidad y apertura en el presente, lo es también

hacia el futuro. De hecho las vírgenes del evangelio son llamadas "prudentes"

o "necias" en la medida que previeron o no la cantidad suficiente de aceite

para el momento crítico de la llamada.

   La interpretación de la vida como proyecto, como una serie de decisiones

coherentes con una opción fundamental, no está en contradicción con la

esperanza ni con la apertura a las sorpresas de la vida. Al contrario, el

creyente que, confiando en Dios, se atreve a poner bajo su mirada el arco

entero de su existencia y lo encamina hacia lo que cree ser su voluntad,

podrá vivir una fidelidad cotidiana, en las cosas pequeñas, más coherente y

más intensa. La mediocridad humana y espiritual suele ser fruto de esa falta

de previsión del futuro que comporta un proyecto de vida capaz de movilizar

los mejores recursos de una persona o de una comunidad para cumplir sus

objetivos.

   Prudente es quien sabe "construir su casa sobre la roca" (Mt 7,24) de la

Palabra de Dios porque está seguro que un día vendrá el temporal... Prudente

es quien sabe emplear los recursos que Dios le ha dado en el momento

oportuno.

 

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sábado, 24 de octubre de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXX

 25 de octubre de 2020 - XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

 

                "Amarás al Señor... y amarás a tu prójimo"

 

-Ex 22,21-27

-Sal 17

-1Tes 1,5-10

-Mt 22,34-40

 

Mateo 22,34-40

 

   Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron

a Jesús y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba:

   -Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?

   Él le dijo:

   -"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo

tu ser". este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante

a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Estos dos mandamientos sostienen

la Ley entera y los Profetas.

                        

Comentario

 

   En la controversia de Jesús con sus adversarios, el evangelio de hoy

ocupa un puesto relevante, porque la pregunta de un doctor de la ley le

permitirá explicitar el contenido central de su mensaje: el amor a Dios y el

amor al prójimo. Toma parte así Jesús en una discusión frecuente entre los

rabinos de su tiempo que trataba de establecer un orden en la gran cantidad

de preceptos existentes o, mejor aún, de encontrar el principio de donde

todos ellos derivan.

   Si nos acercamos al texto del evangelio, podemos comprobar que está 

contenido en una estructura muy sencilla de pregunta y respuesta. La primera

parte se relaciona con el contexto polémico que hemos venido meditando en

domingos anteriores.

   Los otros evangelistas sitúan la enseñanza de Jesús sobre el principal

mandamiento en contextos diferentes. Para Marcos, por ejemplo, el escriba que

pregunta es elogiado por Jesús, pues es él mismo quien responde

acertadamente. Sólo Mateo subraya las intenciones malévolas de los fariseos,

quizá porque cuando él escribía las relaciones de éstos con los cristianos

se habían deteriorado ya bastante.

   Viniendo al contenido de la respuesta de Jesús, podemos destacar los dos

aspectos en que mayormente se cifra su novedad. Está en primer lugar el

acercamiento del "segundo" mandamiento al "primero". Ciertamente no era una

novedad recordar la primacía del amor a Dios, que Israel había profesado

siempre en su "credo": "Escucha Israel, amarás..." (Dt 6,4-5). Jesús no

identifica totalmente el segundo mandamiento con el primero, pero dice que

le es "semejante". Es la misma palabra que la Biblia usa para designar al

hombre con respecto a Dios. De la multitud de casos particulares que el

Antiguo Testamento recoge en los que se expresa el precepto de amar al

prójimo (véanse por ejemplo los casos citados en la 1ª. lectura), Jesús hace

una norma general y más amplia, porque en su perspectiva el prójimo era todo

hombre y no sólo los miembros del pueblo elegido.

   El otro aspecto esencial del mensaje evangélico es la reducción de toda

la revelación veterotestamentaria a los preceptos del amor. De ellos "penden"

la ley y los profetas. Es lo que S. Pablo recuerda a los Romanos: "De hecho,

el no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás y cualquier

otro mandamiento que haya se resume en esta frase: "amarás a tu prójimo

como a ti mismo". El amor no causa daño al prójimo y por tanto el

cumplimiento de la ley es el amor" (13,9-10).

   Esa interpretación fundamental que Jesús hace de la ley y los profetas le

sitúa en el punto de coyuntura entre el Antiguo Testamento y la revelación

definitiva del rostro de Dios en el Nuevo, y como consecuencia, del verdadero

rostro del hombre.

 

El prójimo

 

   Sólo en la encarnación de Dios encontramos la razón última de lo que hoy

el evangelio presenta como exigencia fundamental del creyente.

   Jesús dice que el mandamiento de amar al prójimo es semejante, similar al

mandamiento de amar a Dios. En la misma línea dirá más adelante S. Juan:

"Quien ama a Dios, debe también amar al hermano" (1Jn 4,20). Esto significa

que el amor al prójimo se coloca en la misma línea que el amor a Dios. Esta

es la gran novedad del evangelio: el prójimo es alguien a quien se ama en el

mismo impulso de amor con que se ama a Dios. El prójimo, el hermano adquiere

así una relevancia, una dignidad imposible de comprender si se le separa de

Dios.

   Pero junto a esta "elevación" del prójimo está lo que podemos llamar el

"abajamiento" de Dios. Podemos, en efecto, hablar de un abajamiento de Dios

hasta identificarse con el hombre, como si hubiera de compartir con el hombre

el amor que sólo a Él se debe. Él, que es "Dios y no hombre", como dice el

profeta Oseas (11,9), se ha hecho realmente hombre y desde entonces se ha

identificado con todos los hombres. "Él, el Hijo de Dios, por su encarnación,

se identificó en cierto modo con todos los hombres" (G.S. 22). En esta

identificación, en esta semejanza de Dios con el hombre está la base de la

semejanza del segundo mandamiento con el primero.

   Saliendo al encuentro del hombre, Dios se ha hecho el prójimo del hombre.

Es significativo que en el evangelio de Lucas, inmediatamente después de la

explicación sobre el principal mandamiento, viene la parábola del buen

samaritano, como un comentario bien concreto y práctico.

   La encarnación del Verbo puede así ser vista también como ese gesto de

condescendencia divina que se hace accesible a nuestra debilidad humana para

que amando al hermano a quien vemos, podamos amar a Dios a quien no vemos

(1Jn 4,20).

   En el texto del antiguo Testamento que hemos leído hoy en la primera

lectura, se ve claramente cómo Dios se pone de la parte de los pobres, de los

débiles, de los oprimidos. La razón aducida para exigir la práctica de la

justicia y de la caridad es ante todo de carácter "humanitario": "Porque

forasteros fuisteis vosotros en Egipto". Es decir, porque vosotros habéis

compartido la misma situación de quien ahora sufre. El segundo motivo es

netamente "teológico": "Si grita a mí lo escucharé porque soy compasivo".

compartiendo nuestra naturaleza humana en su condición de pobreza y

debilidad, Dios ha llegado a la máxima expresión de su solidaridad e

identificación con cada hombre, de manera que su rostro está dibujado en

cualquiera que necesite de nuestro amor.

 

Te bendecimos, Padre, que nos llamas

a amarte a ti y a los hermanos.

Te damos gracias por Jesús

en el que vemos cumplido

tu gesto de acercamiento al hombre

y la exigencia de total donación a ti

y a los hermanos.

Danos el Espíritu de amor

para que podamos compartir

su gesto de encarnación

haciéndonos presentes a los demás

y amándolos como a nosotros mismos

y su gesto de consagración

dando libremente la vida por ti.

 

Amar

 

   Es importante que dejándonos guiar por la Palabra, recordemos con

frecuencia el centro inspirador y el motor de toda la vida cristiana, que es

el amor. El evangelio de hoy nos lo presenta con fuerza.

   Amor a Dios y amor al prójimo... Salvadas las debidas diferencias, hay

que reafirmar siempre el principio unificador: Lo importante es amar.

   Ciertamente las exigencias de la vida cristiana se articulan en muchas

situaciones concretas y a muchos niveles. Se puede y se debe construir todo

un sistema moral que señale los diversos grados de obligatoriedad, las

diversas circunstancias en que se compromete la responsabilidad individual

y colectiva. Pero es necesario que el cristiano no se pierda nuevamente en

un laberinto de preceptos como había sucedido a los fariseos. El principio

inspirador del amor debe ser transparente siempre como motivación de fondo

de todas las exigencias morales. La teología clásica lo había expresado

diciendo que la caridad es la forma, unidad y significado de todas las virtu-

des. Es la mejor traducción del aforismo agustiniano: "Ama y haz lo que quieras".

   Este principio, que aparece evidente en la reflexión teórica (el amor

centro de toda la vida cristiana) debemos incorporarlo continuamente a

nuestra existencia dejando que el Espíritu Santo, amor que ha sido derramado

en nuestros corazones (Rm 5,5), nos mueva en todo lo que hacemos y decimos.

   Nuestro camino de vida cristiana debe rehacer continuamente la síntesis

del amor a Dios y del amor al prójimo. Son dos aspectos inseparables y en

relación mutua de forma constante. No se trata de identificar y confundir las

exigencias del primer y del segundo mandamiento, sino de relacionarlos

correctamente.

   Amar a Dios como respuesta al amor suyo que nos precede siempre y amar al

prójimo en sí mismo, porque es "otro yo", amarlo porque en el hombre está 

Dios, es su imagen, es hijo suyo, porque todos estamos llamados a compartir

la vida de la familia de Dios.

 

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sábado, 17 de octubre de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXIX

 18 de octubre de 2020 - XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                                    

        "Pagad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios"

 

-Is 45,1.4-6

-Sal 95

-1Tes 1,1-5

-Mt 22,15-21

 

Mateo 22,15-21

 

   Los fariseos se retiraron y llegaron a un acuerdo para comprometer a

Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos con unos partidarios de

Herodes, y le dijeron:

   -Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios

conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las

apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o

no?

   Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: ¡Hipócritas!, ¿por qué me

tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.

   Le presentaron un denario, Él les preguntó:

   -¿De quién son esta cara y esta inscripción?

   Le respondieron:

   -Del César.

   Entonces les replicó:

   -Pues pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

 

Comentario

 

   En el evangelio de hoy prosigue la polémica entre Jesús y sus adversarios

que las parábolas de los domingos precedentes habían ya puesto en evidencia.

Pero esta vez en el campo estrictamente religioso entra también la componente

política, por eso la cuestión se hace más comprometida. A acentuar la

dificultad contribuye no sólo el tema, sino la composición de la delegación

que se acerca a Jesús. Se trata de dos facciones opuestas: los fariseos,

contrarios a la dominación romana, y los herodianos, a los que hoy

llamaríamos colaboracionistas, porque aceptaban la dominación extranjera y

sostenían a Herodes, tratando de conciliar las aspiraciones mesiánicas con

las ventajas del poder constituido.

   En ese clima y ante tal auditorio, la opinión que piden a Jesús sobre la

legitimidad de pagar los impuestos, resultaba delicada. Si daba un sí se

atraía la enemistad de los fariseos y de buena parte de la multitud que lo

había seguido y aclamado al entrar en Jerusalén. El no de su parte era

colocarse en contra de la autoridad civil constituida, pudiendo ser tachado

de subversivo.

   Jesús, sin embargo, no se deja engañar y encuentra una solución que va

más allá de la habilidad dialéctica para situar la cuestión en su terreno

justo y verdadero.

   Ha habido quien ha visto en la respuesta de Jesús la justificación de la

teoría que pretende asignar a la esfera de lo religioso y a la esfera de lo

político dos ámbitos contrapuestos o independientes para el hombre y para la

sociedad. Sin negar las legítimas autonomías, lo que Jesús dice tiende a

crear una profunda unidad en el hombre ofreciéndole las razones más válidas

de su vivir. La dimensión política del hombre debe estar abierta a lo

religioso y este último aspecto no puede encerrarse en sí mismo, sino

iluminar y motivar la acción social y política del hombre.

   En las palabras de Jesús, la realidad última no es lo que hay que dar al

Céar, sino lo que hay que dar a Dios. Es decir, no existe un paralelismo

entre ambas exigencias, sino una subordinación. En otros términos, en las

situaciones normales el hombre debe poder armonizar ambas exigencias, pero

en caso de oposición y conflicto, Dios debe estar por encima de todo.

   Esto no significa disminuir los derechos de César, sino colocarlos en el

lugar que les corresponde y además darles la justa perspectiva en el designio

global de Dios. Este último aspecto resalta más en la lectura litúrgica al

acercar el texto evangélico a la elección que Dios hace de Ciro, un pagano,

para realizar sus proyectos con el pueblo elegido (1ª. lectura).

 

El César y Dios

 

   Los evangelios de la infancia de Cristo ilustran varios aspectos de la

relación de la Sagrada Familia con el poder político instituido en su tiempo.

Quizá podamos a través de ellos prolongar nuestra reflexión sobre el

evangelio de hoy.

   Algunos de esos episodios tienen un fuerte significado simbólico que

sirve para decirnos algo sobre la identidad de Jesús; otros indican, en la

línea de la encarnación, la condición ordinaria de una familia de Palestina,

sujeta a los vaivenes de las circunstancias históricas y a las decisiones de

quien gobierna. Nos detendremos en la figura de Augusto en el evangelio de

Lucas y en la de Herodes en el evangelio de Mateo.

   La narración del nacimiento de Jesús empieza con el decreto de César

Augusto de empadronar "todo el universo" (Lc 2,1). Es presentado así el

emperador como un sujeto activo en el cumplimiento de los planes de Dios y

no sólo como referencia cronológica de los hechos de la historia. Además se

le atribuye un dominio absoluto sobre la totalidad del mundo habitado

(oikoumene) como indicando que el Mesías que va a nacer y sus padres están

también sujetos a su autoridad. El evangelio presenta el caso de José y María

como uno de tantos: "Todos iban a empadronarse, cada uno a su ciudad" (Lc

2,2). Siguiendo el hilo del relato se descubre, sin embargo, no sin una

cierta ironía, que la decisión imperial ha servido de manera determinante a

que el niño venga al mundo en Belén, la ciudad de David, el antepasado de

José. Se pone así en evidencia su condición mesiánica y se confirma lo que

Dios había anunciado a María por boca del Ángel: "Su reino no tendrá fin" (Lc

1,33).

   Pasemos al caso de Herodes.

   En el episodio de la visita de los Magos, en los dos primeros versículos

del cap. 2º de Mateo se habla de dos reyes: el Rey Herodes y el recién nacido

rey de los judíos por el que los Magos preguntan. El conflicto es evidente

y parece inevitable. La terrible decisión de suprimir a todos los niños de

la zona viene motivada por la inquietud que le produce a Herodes el

nacimiento de un rival. Su designio se opone así abiertamente al de Dios,

pero para realizarlo no duda un instante en movilizar a todas las fuerzas

religiosas de la ciudad, solicita la colaboración de los Magos, etc. La

continuación del relato explica el fracaso de Herodes tras un aparente

triunfo. Cuando cree poder estar tranquilo porque su orden terrible ha sido

ejecutada, resulta que al único que le interesaba matar ha escapado. No sólo eso,

sino que posteriormente se nos informa que, mientras Jesús vuelve de Egipto

con su familia, quien ha muerto ha sido precisamente Herodes.

   Quienes tienen la misión de gobernar toman las decisiones, unas veces

justas, otras equivocadas, pero quien conduce la historia, la historia de la

salvación, es Dios. Este último gran actor de todo lo que sucede no quita la

responsabilidad a los hombres, al contrario, sus decisiones adquieren una

nueva dimensión al inscribirse en los designios divinos.

 

Te bendecimos, Padre, porque en Cristo

nos has llamado a la libertad.

Te damos gracias porque su evangelio

ilumina toda nuestra vida

y nos da las razones verdaderas

para todas las dimensiones de nuestra existencia.

Que tu Espíritu Santo nos lleve

a dar a Dios lo que es de Dios,

a colocarte por encima de todas las cosas

y a ordenarlas todas

a partir de ese principio supremo.

Guía a tu Iglesia, Señor,

para que sea testigo de los bienes del Reino

en medio de las vicisitudes de este mundo.

 

La actividad de la fe

 

   La actividad de la fe, el esfuerzo del amor, el aguante de la

esperanza... Son las tres grandes dimensiones en que se expresa toda la vida

cristiana que S. Pablo nos recuerda hoy en la 2ª. lectura. Son esas tres

dimensiones las que en lo concreto de la vida aseguran al cristiano el

equilibrio y la armonía entre la esfera de lo temporal y la esfera de lo

espiritual de que habla el evangelio de hoy, ayudándole a establecer entre

ellas la justa relación.

   Por lo que se refiere a la comunidad eclesial las orientaciones del

Vaticano II han sido luminosas en nuestra época: "La misión propia que Cristo

confió a su Iglesia no pertenece al orden político, económico o social: el

fin que le asignó es de orden religioso. Con todo, de esta misión religiosa

emanan un encargo, una luz y unas fuerzas que pueden servir para establecer

y consolidar según las leyes divinas la comunidad humana" (G.S. 42). Porque

la misión de la Iglesia es religiosa, es también "sumamente humana", dirá el

Concilio en otro lugar (Cfr.G.S.11). De ahí que las tendencias reduccio-

nistas, en uno u otro sentido, han sido siempre empobrecedoras.

   Lo mismo podemos decir si consideramos el compromiso de cada cristiano.

La primera parte de la sentencia de Jesús: "Pagadle al César..." nos obliga

a tomar en serio los compromisos temporales, la profesionalidad en el

trabajo, el cumplimiento de los deberes cívicos, las exigencias de la

justicia. Pero la segunda parte, "Y dad a Dios...", nos debe llevar a no

absolutizar la política hasta hacerla árbitro de todas las opciones

colectivas, ni la ciencia hasta despojarla de las exigencias de la ética, ni

la economía hasta sacrificar vidas humanas a sus postulados. La perspectiva

religiosa del creyente debe situar a Dios por encima de todo y relativizar

todas las demás instancias de la vida. Es así como el cristiano llega a una

libertad interior inestimable que le hace comprometerse a fondo y en la

medida justa con todas las causas del hombre.

 

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