sábado, 2 de enero de 2021

Ciclo B - Domingo II después de Navidad

 3 de enero de 2021 - II DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD

 

                         "Y acampó entre nosotros"

 

-Eclo 24,1-4.12-16

-Sal 147

-Ef 1,1-6.15-18

-Jn 1,1-18

 

Juan 1,1-18

 

   En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por

medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha

hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz

brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.

   Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como

testigo para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la

fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verda-

dera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo

se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los

suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser

hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de

amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y

acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del hijo

único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

   Juan da testimonio de Él y grita diciendo:

   -Éste es de quien dije: "El que viene detrás de mí, pasa delante de mí,

porque existía antes que yo". Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia

tras gracia: porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad

vinieron por medio de Jesucristo.

   A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del

Padre, es quien lo ha dado a conocer.

                                    

 

Comentario

 

   El segundo domingo después de Navidad, continúa, al igual que en la fiesta

de la Sagrada Familia, la meditación de la Iglesia sobre el misterio de la

encarnación del Verbo. El mensaje de las lecturas se mueve entorno a esa cima

de la revelación recogida en el prólogo del evangelio de S. Juan, que dice

de forma sintética: "Y la palabra se hizo carne y acampó entre nosotros"

   El orden litúrgico de las lecturas respeta la economía de la revelación

que, ya desde el Antiguo Testamento, tiende puentes hacia lo que será la

manifestación culminante en Cristo. El cap. 24 del Eclesiástico es uno de los

casos más evidentes en este sentido. Según algunos, el autor del IV evangelio

pudo inspirarse en él para escribir el prólogo. La "sabiduría" se presenta

como una entidad que en cierto modo se identifica con Dios, pues está con Él

desde siempre, y por otro lado se distingue de Él y es enviada a habitar

(=poner la tienda) en Jacob, personificación del pueblo elegido. Hay, pues,

ciertos aspectos que anuncian la misión de la segunda persona de la Trinidad:

su subsistencia eterna, su función reveladora, su venida al mundo.

   Pero en el evangelio tenemos también una radical novedad: "A Dios nadie

le ha visto jamás, el Hijo único que está en el seno del Padre es quien lo

ha dado a conocer" (1,18). La función iluminadora de la sabiduría llega a su

plenitud cuando Jesús nos revela el rostro del Padre, Él que es su viva

"imagen" (2Co 4,4) e "impronta de su sustancia" (Heb 1,3). Y hay también un

mayor realismo que desborda todas las expectativas del Antiguo Testamento.

Nadie leyendo las páginas del Eclesiástico podía sospechar que el "poner la

tienda en Jacob" y el habitar en Jerusalén comportara que el Verbo de Dios

se hiciera carne y viviera entre los hombres como uno de ellos.

   Lo que el Antiguo Testamento había intuido, se realiza plenamente en

Cristo: su naturaleza humana es la "tienda", lugar del encuentro de Dios con

el hombre, pues es allí donde habita "corporalmente toda la plenitud de la

divinidad" (Col 1,18).

   Bien podemos decir que en esto consiste la "bendición espiritual" de que

nos habla S. Pablo en la 2ª. lectura. En Cristo, el Padre nos ha elegido y nos

ha hecho hijos suyos, dándonos la redención y la plenitud de la salvación,

las cuales redundan finalmente en gloria suya. Más que aspectos

diversificados de esa misma plenitud de gracia que Dios nos da en Cristo,

debemos ver la totalidad del don que se nos da con la efusión del Espíritu

Santo en el bautismo.

   De esta forma se ensancha también la perspectiva de la salvación del

pueblo elegido a todos los hombres.

 

Puso su tienda

 

   La lectura de los evangelios de la infancia de Cristo en Lucas y Mateo

nos tiene acostumbrados a ver en detalle los diversos acontecimientos que se

fueron sucediendo en los primeros años de la vida de Jesús. Los evangelistas

nos presentan ya esos hechos a la luz de su fe en la resurrección de Cristo,

y esto les da una perspectiva y una profundidad de interpretación que va más

allá de la anotación puntual de lo que sucedió.

   El evangelio de Juan que leemos hoy, nos echa también una mano en ese

sentido. Dejando de lado los detalles de la narración histórica, el prólogo

del cuarto evangelio pone de relieve los datos de la fe, que son también los

puntos clave en los sinópticos. Veamos esto un poco más en detalle analizando

las coincidencias entre los dos primeros capítulos de Lucas y el primero de

Juan.

   Lo que llama la atención en primer lugar es el contraste entre las

figuras de Juan Bautista y de Jesús; Éste verdadera luz del mundo y aquél

sólo su testigo y precursor. Para ambos evangelistas, Jesús viene a su casa,

a los suyos, a su pueblo, y el recibimiento que se le dispensa es escaso o

nulo. Hay una conflictividad que se crea de inmediato con su aparición en el

mundo.

   Pero el punto esencial de coincidencia está en la identidad de Jesús: es

el Hijo de Dios que se hace hombre. El signo de este misterio es la

virginidad de María (Lc 1,34; Jn 1,13).

   Los dos evangelistas se sirven como realidad de fondo para hablar de la

divinidad de Cristo, de uno de los conceptos más significativos del Antiguo

Testamento: el de la presencia de Dios en la tienda del encuentro (Cfr Ex

26,1-14). En dicha tienda Dios se hacía presente mediante el signo de la nube

durante la experiencia del camino a través del desierto (Ex 40,34-35). Era

también el lugar donde Dios habitaba, pues en ella estaba el arca de la

alianza con las tablas de la ley.

 

   Los profetas anunciaron para los tiempos mesiánicos una presencia más

real de Dios en Jerusalén (Jl 4,21) y en el templo (Ez 43,7); pero también

en medio del pueblo (Zc 2,14; Sof 3,14-18). Cuando Juan dice que la Palabra

"puso su tienda entre nosotros" (1,14) y el Ángel, (en Lc 1,35), explica cómo

se realizará la concepción virginal de Jesús con las palabras "El Espíritu

Santo bajará sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra",

están probablemente aludiendo a esa realidad de la presencia de Dios en la

tienda de la alianza. Pero al mismo tiempo proclaman la novedad radical de

la alianza nueva que consiste en la "visita" personal de Dios a su pueblo en

Jesús de Nazaret.

   Así comienza este tiempo nuevo de la "gracia" y de la "verdad" (Jn 1,17)

en el que se mueve también todo el evangelio de la infancia de Cristo en la

versión de Lucas, desde el saludo del Ángel a la "llena de gracia" hasta el

crecimiento de Jesús "en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los

hombres" (Lc 2,52).

  

Te alabamos, Padre, y te glorificamos

por la venida de Jesús, sabiduría eterna,

en medio de nosotros, para redimirnos.

Queremos abrirnos, como María,

a la acción del Espíritu Santo

para acogerlo en nuestra vida, mediante la fe,

y darlo como salvación al mundo.

Queremos contemplar con amor

su generación eterna

y su generación en el tiempo

para que Él, que es nuestra vida,

lo sea también de todos.

 

"Quienes lo recibieron"

 

   La Iglesia nos lleva a profundizar el misterio de la encarnación en este

domingo, tratando de crear en nosotros la actitud de acogida del magnífico

don de la Navidad.

   Una primera pista de acción en nuestra vida estaría constituida por el

paso alternativo del Dios-con-nosotros (el Emmanuel) al Dios en nosotros. No

sólo, pues, cohabitación, sino inhabitación en lo más profundo de nosotros

mismos. Es una realidad magnífica que hacía exultar a los santos y que debe

llenar de gozo, de confianza y de intimidad familiar con Dios la vida de todo

cristiano.

   Paso alternativo hemos dicho, porque la otra pista va en la línea de

descubrir su presencia en los demás. La orientación del Vaticano II es

determinante en este sentido: "El Hijo de Dios, por su encarnación, se

identificó en cierto modo con todos los hombres"(G.S. 22).

   Así pues, tenemos un Dios que viene a habitar "en" nosotros y "con"

nosotros. Nuestra actitud de acogida debe dilatarse, pues, en un doble senti-

do: primero para recibirlo cada vez más profundamente, con mayor atención,

silencio y delicadeza en nosotros mismos y luego para acogerlo siempre en la

presencia "real" de los que se nos acercan y de los que viven con nosotros.

   La distracción, la superficialidad, la obnubilación que produce el peca-

do, puede llevarnos muchas veces a limitar nuestra capacidad de acogida, a

vivir en las tinieblas: "La luz verdadera, la que alumbra a todo hombre

estaba llegando al mundo. En el mundo estuvo y, aunque el mundo fue hecho

mediante ella, el mundo no la conoció" (Jn 1,9-10).

   "Pero a los que la recibieron..." En esa adhesión realista y concreta que

consiste en dar cabida a Dios en nuestra vida está el comienzo de la relación

vital con Él, y esa relación cambia toda la existencia y va creciendo

continuamente hasta llegar a la plenitud: "Porque de su plenitud todos reci-

bimos ante todo un amor que responde a su amor" (Jn 1,16). Gracia tras

gracia, traducen otros.

 

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL hsf

 

 

sábado, 26 de diciembre de 2020

Ciclo B - Sagrada Familia

 27 de diciembre de 2020 – TIEMPO DE NAVIDAD

 

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA DE JESUS, MARIA Y JOSE

 

   "Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño"

 

-Gen 15,1-6; 21,1-3

-Sal 104

-Heb 11,8-12,17-19

-Lc 2,22-40

 

Lucas 2,22-40

 

      Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de

Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor (de acuerdo

con lo escrito en la ley del Señor: "Todo primogénito varón será consagrado

al Señor") y para entregar la oblación (como dice la ley del Señor: "un par

de tórtolas o dos pichones").

      Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado

y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba

en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte

antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu Santo, fue al

templo.

      Cuando entraban con el niño Jesús sus padres (para cumplir con Él lo

previsto por la ley), Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:

 

      Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz;

      porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante

      todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu

      pueblo, Israel.

 

Comentario

 

      En la fiesta de la Sagrada Familia, la Iglesia nos propone en las

lecturas una amplia meditación sobre la familia: la familia como lugar de las

más profundas relaciones humanas (paternidad, maternidad, filiación), como

uno de los ámbitos donde se realiza la condición humana (vejez y juventud,

fecundidad y esterilidad) y, sobre todo, como medio donde vivir la fe.

      En las tres lecturas el personaje central es el hijo: el hijo Isaac,

símbolo de la fidelidad de Dios y de la confianza total de Abrahán y Sara,

el hijo Jesús, "luz de las gentes" y "gloria de Israel".

      Desde nuestro punto de vista cristiano, podemos componer un cuadro que

nos ayude a profundizar el mensaje central que nos ofrece hoy la Palabra de

Dios.

      Situemos en el fondo Abrahán y Sara, animados por una fe inquebrantable

en la promesa de Dios, una fe que vence las dificultades objetivas para tener

una descendencia, pues se fían del "Dios que es capaz de resucitar a los

muertos": ambos llevan ya los signos de la muerte en sus cuerpos, muerte de

Isaac en el sacrificio.

      Pongamos más adelante Simeón y Ana, llenos de esperanza en la venida

del Mesías. Cada uno ha vivido una experiencia, pero ambos comparten esa

apertura a Dios y a los signos del presente que dan sentido a su larga

espera. Ambos son así, para nosotros, profetas, pues están llenos del

Espíritu Santo y saben ver la presencia del Señor en el niño que tienen

delante.

      Y en primer plano coloquemos a María y José presentando a Jesús. Ellos

van a cumplir "lo previsto por la ley", pero sorprendentemente se les anuncia

que el niño que llevan es el "Salvador", es la luz de todos los pueblos y

hablan de Él "a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén". Esta

confirmación externa de lo que a ellos se les había anunciado debió

sorprenderlos y llevarlos a vivir de otro modo el gesto ritual de la

presentación del niño en el templo. Aquel primogénito era verdaderamente el

"consagrado por Dios", es decir, el Mesías. El es el punto de contradicción,

"la bandera discutida" ante la que todos tendrán que tomar postura. Y en este

movimiento de adhesión o de ruptura, que lleva consigo la redención, ellos

también se ven implicados nuevamente en primera persona.

 

Se volvieron a Nazaret

 

      Como en el día solemne de la presentación, Jesús siguió siendo siempre

el centro de la familia de Nazaret. La actitud oblativa de María y de José

(vista en el trasfondo de la fe de Abrahán) iría creciendo de día en día.

      Los hechos de los comienzos no pudieron ser para María y José un

recuerdo episódico, una anécdota de la infancia de su hijo, sino la

revelación del verdadero rostro de aquél con quien se codeaban cada día.

Aquél que daba sentido a su vida no en la prolongación de una descendencia,

de una herencia, de un apellido según la carne, sino (y aquí vemos de nuevo

en contraluz la fe de Abrahán y Sara) la descendencia según la fe, es decir

el heredero de todos los hombres y el salvador de todos los hombres.

      Las palabras de Simeón no habían sido, pues, fruto de los sueños de un

viejo desocupado, ni la propaganda de Ana expresión de una anciana que no

puede dominar su lengua.

      Los espacios de futuro, de universalidad, la verdadera grandeza que

tales acontecimientos y palabras habían creado en el corazón de María y de

José, estaban ahí, mientras el muchacho "crecía y se robustecía y adelantaba

en saber". Es lo que constituye el misterio de Nazaret.

 

Bendito seas, Padre,

porque a través de la fe de Abrahán y de Sara,

de Simeón y de Ana,

de María y José

nos has dado el conocimiento de tu Hijo.

Nosotros hoy, herederos de la misma promesa,

queremos darte la misma confianza

que ellos te dieron,

para que tú puedas, por medio de Cristo,

seguir siendo la luz y vida del mundo.

Forma tú, Padre, con el Espíritu Santo,

la gran familia de tus hijos

entorno a tu Hijo primogénito.

 

Nuestras familias

 

      Aunque distantes en el tiempo y en la cultura de la familia de Nazaret,

nuestras familias y comunidades, pueden encontrar en ella fuerza y estímulo

para crecer en la fe y en el amor. Las lecturas de hoy nos sugieren algunos

puntos importantes en el camino de evangelización de la familia.

      Ante todo hay que saber dejarse educar por Dios. Saber descubrirlo en

el nacimiento y en la muerte, en los acontecimientos de gozo y dolor que

jalonan la vida familiar. Darle el protagonismo de guía y educador a través

de una fe que lo acoge en la oración y de un amor que opta por cumplir sus

mandamientos en lo concreto de la vida.

      Saber abrirse a la novedad, a los signos de vida y esperanza. El núcleo

familiar y comunitario necesita identificarse y crecer en relación con los

demás, en apertura y diálogo, para enriquecerse con lo que viene de fuera,

con lo que viene del futuro. Todo ello, naturalmente, sin renunciar a la

propia memoria e identidad.

      La familia de Nazaret, como nuestras familias y comunidades, fue ante

todo un conjunto de personas animadas por la fe. Como ella nuestras familias

pueden encontrar su unión y su fuerza en la participación en el amor de Dios,

si Cristo es su centro y su luz.

 

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL hsf

 

jueves, 24 de diciembre de 2020

NAVIDAD

ad
NATIVIDAD DEL SEÑOR Misa de la noche

                            "Hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador"

Isaías 9,1-3. 5-6

   El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban la
tierra de sombras, y una luz les brilló.
   Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia, como
gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín.
   Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su
hombro, los quebrantaste como el día de Madián.
   Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el
principado, y es su nombre:
   Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la
paz.
   Para dilatar el principado con una paz sin límites, sobre el trono de
David y sobre su reino.
   Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora
y por siempre. El celo del Señor lo realizará.

Tito 2,11-14

   Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hom-
bres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a
llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la
dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro,
Jesucristo.
   El se entregó por nosotros para rescatarnos de toda impiedad y para
prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras.

Lucas 2,11-14

   En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer
un censo en el mundo entero.
   Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria.
Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.
   También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la
ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para
inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí
le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió
en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.
   En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre,
velando por turno su rebaño.
   Y un Ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de
claridad y se llenaron de gran temor.
   El  Ángel les dijo:
   -No temáis, os traigo una buena noticia, la gran alegría para todo el
pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el mesías, el
Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y
acostado en un pesebre.
   De pronto, en torno al Ángel, apareció una legión del ejército celestial,
que alababa a Dios, diciendo:
   -Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios
ama.

Comentario

   El relato del nacimiento de Jesús que nos ofrece el evangelio de Lucas en
el corazón de esta noche santa o noche buena, nos da las coordenadas de
tiempo y de lugar para situar el hecho y para interpretar su alcance. El
evangelista lo hace no sólo en términos generales y solemnes, como conviene
al caso, (emperador reinante, regiones y comarcas del imperio), sino que nos
da también una serie de detalles concretos que convierten el acontecimiento
en algo cercano y familiar.
   Fijémonos en primer lugar en los aspectos que tratan de subrayar la
magnitud de este acontecimiento singular. El texto de Lucas alude en primer
lugar al emperador Augusto y al "censo de todo el mundo". El mismo
evangelista ofrece otras referencias para situar la historia de Jesús. El
censo de todo el mundo y el hecho de que "todos iban a inscribirse" abre el
nacimiento del niño de Belén a unas perspectivas universales insospechadas.
Esa tendencia a amplificar el hecho se refuerza después en el anuncio del
Ángel a los pastores. La alegría que anuncia no es sólo para ellos, sino
"para todo el pueblo". Además el anuncio es presentado como "buena noticia"
(=evangelio), destinada por tanto a propagarse y a comunicarse.
   Dentro de esa perspectiva universalista, no sólo en cuanto al espacio
sino también al tiempo, la liturgia destaca justamente el "hoy" de la cele-
bración. Desde ese "hoy" litúrgico y actual pretende llevarnos a aquel otro
en el que se cumplió nuestra salvación. La palabra "hoy" es el centro del
anuncio del Ángel a los pastores y es igualmente el centro del mensaje que
la Iglesia quiere transmitir permanentemente a los hombres: hoy ha nacido el
Salvador.
   A dar ese sentido de plenitud y cumplimiento que tiene el "hoy" de la
liturgia contribuye también el texto de Isaías que se proclama en la 1ª.
lectura. En él se anuncia la época mesiánica como un paso de las tinieblas
a la luz, de la tristeza a la alegría, a esa alegría plena del momento de las
cosechas o de la liberación de una opresión milenaria. Pero todo ello se da
como algo ya realizado ("una luz les brilló"). El niño que ha nacido es el
príncipe de la paz. Pero al mismo tiempo es algo que se cumplirá en el
futuro: "El celo del Señor lo realizará".
   Ese mismo sentido podemos ver en la 2ª. lectura, cuando el apóstol habla
de la aparición de la gracia de Dios realizada en Cristo. Su venida y su
entrega tienen como finalidad el "prepararse un pueblo purificado", lo que
supone una tarea permanente.
   La lectura de la Palabra nos lleva así a vivir ese "hoy" de la salvación
ya cumplida en Cristo que se hace actual en nuestra historia. Somos invitados
a participar personalmente con María y José‚ con los pastores y con todos los
creyentes en ese maravilloso intercambio en el que Dios presenta y ofrece al
hombre su misma vida y el hombre es llamado a dejarse desarmar y entrar en
esa nueva luz que lo salva.
   En eso consiste la "gloria de Dios" que los Ángeles cantan y que tiene su
eco correspondiente en la "paz" de los hombres en la tierra. La manifestación
de Dios y la salvación del hombre son dos aspectos de la misma realidad.

Los signos concretos

   La narración del nacimiento de Jesús se mueve en el evangelio de Lucas a
través de signos muy concretos y muy sencillos que pretenden guiar al lector
a encontrar, también él, como los personajes del relato, al Mesías.
   El signo central, que da sentido a todos los otros, es el "niño": "encon-
traréis un niño". Este niño es presentado en primer lugar como "primogénito".
Es un término de amplio significado en el Nuevo Testamento porque refiere a
Jesús la herencia mesiánica de la casa de David. Además el recién nacido es
designado con tres títulos de gran relieve: Salvador, título ya incluido en
su nombre, el Mesías o Cristo que recoge la profecía sobre la ciudad de David
como lugar de su nacimiento, y, sobre todo, el Señor, aplicando de forma
directa al niño la designación que servirá a los creyentes para hablar de su
condición divina.
   Todo esto dice a quien se acerca al texto evangélico que el "niño" de
quien se habla esconde, tras su apariencia sencilla, un misterio profundo.
Por otra parte hay un gran contraste entre esa "grandeza" y "universalidad",
a la que aludíamos antes, y los signos concretos que se ofrecen para recono-
cer la identidad del niño. Ese contraste estimula también hoy al lector a dar
el mismo paso que los destinatarios del primer anuncio.
   Los signos concretos situados entorno al niño son, en primer lugar, su
condición de impotencia y debilidad; vienen luego los "pañales" que lo
envuelven, pero también que limitan sus movimientos y su libertad. Ese último
aspecto ha llevado a algunos a establecer un paralelismo entre este pasaje
y el de la sepultura de Jesús (Lc 23,53). Está también el detalle del
"pesebre" que puede subrayar el alejamiento del ambiente humano normal en el
que se produjo el nacimiento del niño.
   Por tres veces el texto evangélico recalca esos detalles ("niño", "paña-
les", "pesebre"): en la narración directa del hecho, en el anuncio del Ángel
a los pastores y en la constatación que éstos efectúan. Queda así bien subra-
yada la pobreza de los signos para revelar el altísimo misterio.
   Esos signos concretos ofrecidos a los pastores, pero también a María y a
José (y a nosotros), nos invitan a dar el paso de la fe reconociendo en el
niño recién nacido al Salvador. Y ese paso de la fe es el mismo que María y
José continuaron en Nazaret durante muchos años. Con el tiempo irán cambiando
los signos concretos según las condiciones de vida, pero siempre permanecerán
en el ámbito de la pobreza, de la humildad, de la sencillez. Es como una
invitación constante a mantenerse fieles a ese contraste infinito entre lo
que se ve y lo que se esconde, contraste por donde se mueve la fe.

En silencio y llenos de amor
queremos también nosotros
llegarnos hasta el pesebre
y contemplar la Palabra hecha carne.
Te adoramos, Señor Jesús,
en la elocuencia y humildad
de tu primer gesto de encuentro con los hombres.
Ilumina con tu luz
las zonas de sombra de nuestra vida,
esas partes aún no evangelizadas de nosotros mismos
y del mundo en que vivimos,
para que encontremos la verdadera paz
y Dios sea glorificado.

Jesús, María y José
   La fiesta de Navidad nos invita a captar en profundidad el misterio de la
sencillez de los signos. Más que escudriñar los detalles de la narración,
ser bueno fijarnos con mirada contemplativa en los gestos de María y de José‚
para aprender esas actitudes cristianas que nos llevan a acoger en nuestra
vida la salvación traída por Cristo.
   Fijémonos en María. La sublimidad de su gesto se esconde en las acciones
simples, transparentes, puras que menciona el evangelio: dio a luz a su hijo
primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre... Es el primer
gesto de donación y presentación de Jesús. María ha acogido el Verbo en su
carne y lo ha entregado al mundo. Ningún gesto de posesión, ninguna sombra
de protagonismo ha ensombrecido la gloria de Dios en su entrega al hombre.
Nada hay más personal que engendrar y dar a luz y nada más desprendido que
entregar al recién nacido y permitirle que cumpla su misión.
   La solución inmediata de colocar al niño en el pesebre por no tener sitio
en la posada, sin duda compartida por María y José‚ traduce esa sencillez tan
humana de saberse contentar con lo que se tiene, de saber acomodarse a las
circunstancias como se presentan. Ninguna vanidad herida hubo en ese momento
porque ninguno de los dos pretendía una dignidad que fuera reflejo de la
grandeza del momento que vivían.
   José estaba también allí. Sin duda con la preocupación y premura, con la
responsabilidad y atención que requería un momento tan delicado y en tales
circunstancias. De él no se dice apenas nada, ¿qué importa? Su silencio su
"ausencia" del relato, deja ver con mayor claridad el signo central que es
el niño. También de él tenemos que aprender a desaparecer para que el
Salvador, el Señor, pueda manifestarse.
   Sin embargo, cuando los pastores llegan para comprobar el mensaje del
Ángel encuentran a María y a José junto con el niño. Se diría que las figuras
de María y de José sólo cobran importancia cuando se ha descubierto quién es
el recién nacido.

                                                 NAVIDAD (Misa del Día)

                                                  "El Verbo se hizo carne"


Isaías 52,7-10

     ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia
la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión:
¡"Tu Dios es Rey"! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara
a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusa-
lén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén: el Señor desnuda
su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la
tierra la victoria de nuestro Dios.

Hebreos 1,1-6

      En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a
nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado
por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido
realizando las edades del mundo. Es el reflejo de su gloria, impronta de su
ser. El sostiene el universo con su Palabra poderosa. Y, habiendo realizado
la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de Su Majestad en
las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles cuanto más sublime es el
nombre que ha heredado.
      Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: "Hijo mío eres tú hoy te he engendra-
do"? O: "¿Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo?" Y en otro
pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: "Adórenlo todos los
ángeles de Dios".

Juan 1,1-18

      En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a
Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios.
      Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo
que se ha hecho.
      En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz
brilla en las tinieblas, y la tiniebla no la recibió.
      Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como
testigo para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la
fe, No era él la luz, sino testigo de la luz.
      La palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre. Al mundo
vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no
la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.
      Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si
creen en su nombre. Estos no han nacido de la sangre, ni de amor carnal, ni
de amor humano, sino de Dios.
      Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado
su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de
verdad.
Juan da testimonio de El y grita diciendo: éste es de quien dije: "El que
viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo".
      Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia: porque la
ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de
Jesucristo.
      A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del
Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Comentario

      En la fiesta de Navidad y durante todo el tiempo que sigue celebramos
el misterio de Dios que se hace hombre.
      Dios se encuentra con los hombres precisamente en Cristo en cuanto
hombre. Y así a través del elemento humano de la persona de Cristo, el
hombre puede acceder a lo invisible y puede adentrarse en el misterio de
Dios.
      Aquel que en el seno del Padre era Verbo-palabra, al hacerse hombre,
se convierte en el revelador de lo que Dios es. Cristo es la plenitud de la
revelación, Él es el "unigénito de Dios" y "está lleno de gracia y de ver-
dad". "La luz ha brillado en las tinieblas", Dios se ha hecho hombre. Ahora
como entonces el hombre puede acogerlo, abrirse a Él o rechazarlo.
      Dios ha salido a encontrarse personalmente con el hombre y éste tiene
la posibilidad de la acogida o del rechazo. "Pero a los que lo acogieron los
hizo capaces de ser hijos de Dios". "De su plenitud todos hemos recibido".
      Ante la plenitud de gracia dada en Cristo, la alianza del Antiguo Tes-
tamento queda pálida, anticuada. La nueva alianza viene cualificada sobre
todo por la calidad del mediador que es Cristo. Con él Dios nos ha dicho de
sí mismo su palabra definitiva. "Es el Hijo único, que es Dios y está al lado
del Padre, quien lo ha explicado". "Si te tengo ya habladas todas las cosas
en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora
responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos en Él, porque en Él te
lo tengo dicho todo y revelado, y hallarás en Él más de lo que pides y
deseas" S. Juan de la Cruz, II Subida, 22,5.
      "Y la Palabra se hizo hombre". Es el misterio de la Navidad. Es un
misterio de humildad, pobreza y ocultamiento. La gloria eterna de Dios brilla
en el rostro de un niño y se expresa con los gestos de un recién nacido. El
Dios eterno e inmenso se somete a las condiciones de espacio y de tiempo y
asume todas las limitaciones de la naturaleza humana. Los pañales que
envuelven al niño, como las vendas puestas alrededor de su cuerpo ya muerto
y bajado de la cruz, están ahí para indicar hasta que punto Dios ha unido su
designio a nuestra condición.
      Pero lo más maravilloso es el impulso de amor que descubrimos a través
de este gesto supremo de acercamiento. Dios se hace hombre para salvar al
hombre. "Os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo Señor"
Lc. 10-11. "El motivo del nacimiento del Hijo de Dios, dice S. León Magno,
no fue otro sino el de poder ser colgado en la cruz".

Desde Nazaret

      Para María y José‚ el misterio de la venida de Dios entre los hombres
estaba ligado a lugares, personas y situaciones muy concretas: el anuncio del
mensajero de Dios, el bando de un censo, el viaje a Belén, el no encontrar
lugar en la posada, la cuadra, el pesebre, los pañales, los pastores, ...
Dios en persona con la apariencia de un niño como todos los otros.
      El tiempo de Nazaret nos descubre una dimensión importantísima de la
encarnación. Esta no consiste en que Dios se haga hombre en un momento
determinado, sino en que además Dios asuma la condición de hombre, todo lo
humano, con lo que ello lleva consigo.
      La frase "La Palabra se hizo carne" puede tener dos sentidos. Uno
puntual, circunscrito a un momento concreto de la historia, y otro durativo,
que indica todo el proceso necesario para que el Hijo de Dios vaya asumiendo
todas las características humanas hasta llegar a ser un hombre completo. Este
proceso implica el crecimiento físico, la inserción en una cultura, en un
ambiente de vida, aprender a vivir todas las dimensiones de la persona.
      Este segundo aspecto es el que descubrimos viendo desde Nazaret el
misterio de Navidad.
      Esta asunción de lo humano y de lo "mundano" por parte del Hijo de Dios
transforma y santifica todo lo humano y todo lo que está en el mundo.
      En Nazaret vemos a Jesús, tocar, ver, agarrar, caminar, comer, reír,
vestirse, estar con la gente, amar a sus padres y a los demás... Es admirable
y maravilloso contemplar como Dios tomó la naturaleza humana no de forma abs-
tracta o aparente, sino muy concretamente y de manera profunda y total. Dios
vivió como nosotros; habló, rió, amó, como cualquier hombre.     
      Esta dimensión de la encarnación, tan importante y rica de consecuen-
cias, se hace patente en Nazaret.

Para vivir ahora

      Para vivir ahora, en el tiempo de la Iglesia, encontramos en Nazaret
un fuerte estímulo y un fundamento sólido de valoración de todo lo humano y
de apreciación positiva del mundo y de sus valores.
      Cristo asumiendo todo lo humano (menos el pecado): lengua, cultura,
instituciones sociales, le infunde una nueva vida, un nuevo sentido, y le da
una proyección eterna.
      Desde que Cristo se hizo hombre hay que hablar de un modo nuevo del
mundo y del hombre. Ciertamente el pecado existe, pero el pecado y el mal ya
no caracterizan de la forma más profunda ni al hombre ni al mundo. Dios hizo
buenas todas las cosas y Cristo viniendo al mundo y haciéndose hombre, en-
contró la vía exacta para poner de nuevo en armonía la relación hombre-mundo
dañada por el pecado. La encarnación del Cristo no sólo libera al hombre de
una concepción pesimista del mundo, sino que le da la posibilidad de trabajar
en él como lugar de encuentro con Dios, como ámbito de sus relaciones
fraternas con los demás hombres, como materia prima de la construcción de su
propia realidad.
      El concilio Vaticano II asigna a los laicos la misión de consagrar el
mundo con estas palabras: "Cristo Jesús, supremo y eterno sacerdote, desea
continuar su testimonio y su servicio también por medio de los laicos; por
ello vivifica a éstos con su Espíritu e ininterrumpidamente los impulsa a
toda obra buena y perfecta. Pero a aquéllos a quienes asocia íntimamente a
su vida y misión, también los hace partícipes de su oficio sacerdotal, en orden
al ejercicio del culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hom-
bres. Así también los laicos, como adoradores que en todo lugar obran
santamente, consagran a Dios el mundo mismo" L.G. 34; Cfr. 36,b.
      Contemplando desde Nazaret la encarnación de Cristo, aprendemos a
encarnarnos también nosotros para llevar el mundo a Dios.

TEODORO BERZAL hsf