sábado, 29 de enero de 2022

Ciclo C - TO - Domingo IV

 30 de enero de 2022 - IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo C

 

"Pero, ¿no es éste el hijo de José?"

 

      Lucas 4,21-30

 

      En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga:

      Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.

      Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de

gracia que salían de sus labios.

      Y decían:

      - ¿No es éste el hijo de José?

      Y Jesús les dijo:

      - Sin duda me recitaréis aquel refrán: "Médico, cúrate a ti mismo": haz

también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm.

      Y añadió:

      - Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garan-

tizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo

cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el

país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías más que a una viuda

de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en

tiempos del Profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que

Naamán, el sirio.

      Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose,

lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba

el pueblo, con intención de despeñarlo.

      Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

 

Comentario                  

 

      El Evangelio nos presenta hoy la segunda parte de la visita a Nazaret

que Jesús hizo en los comienzos de su vida pública.

      Ante su discurso mesiánico en la sinagoga "todos se declaraban en con-

tra, extrañados de que mencionase sólo las palabras sobre la gracia".

      Los habitantes de Nazaret conocían bien a Jesús, lo sabían todo acerca

de él. Sabían quién era su padre y su madre, donde estaba su casa, cuál era

su oficio. Habían visto sus idas y venidas, están al corriente de sus costum-

bres, de su manera de ser, de sus amistades y de su familia.

      Y fue quizá este conocimiento tan completo lo que se alzó como un muro

ante sus ojos para no comprender el misterio de Jesús. Aquel modo nuevo de

hablar, aquellas palabras que pretendían revelar el misterio desconcertaron

a todos. Esto puede explicar el dicho de Jesús sobre la acogida al profeta

en su propia patria. De hecho explica también la palabra de san Juan: "vino

a su casa, pero los suyos no le recibieron" Jn: 1,11.

      En el fondo late el problema de la identidad de Jesús. ¿Quién es éste

a quien todos tienen por hijo de José, que se identifica con el Mesías, que

se llama profeta, que dice tener una misión en Israel y fuera de Israel?

      Los vecinos de Nazaret, aferrados a sus noticias sobre el Jesús a quien

habían visto crecer entre ellos "se pusieron furiosos y, levantándose, lo

empujaron fuera del pueblo... con intención de despeñarlo". La reacción está 

sin duda exagerada y no todos la compartirían, pero manifiesta la actitud

general ante Jesús que se presenta como Mesías, actitud mil veces repetida

a lo largo de la historia y que el propio evangelista veía realizada en su

época.

      El rechazo es una actitud muy distante del no comprender, del no saber

cómo son las cosas, del no acertar a ver claro. Esta última es la situación

de los discípulos en muchas ocasiones y también la de María y José en el

episodio del templo cuando Jesús tenía doce años.

      En la respuesta que Jesús da a sus compatriotas para explicar que allí

no haría milagros por su falta de fe, alude a dos hechos del Antiguo Testa-

mento cuyos protagonistas son dos profetas. Jesús sitúa la acción en la misma

línea universalista que Elías y Eliseo, quienes mostraron con su manera de

proceder que el favor de Dios se obtiene, no por ser judío o no serlo, sino

por creer. Si a las palabras alusivas a su misión profética añadimos las del

texto referente al siervo de Yavé citado poco antes, podemos concluir que

Jesús no sólo se presenta como profeta, sino como algo más. "Aquí hay uno que

es más que Jonás", dirá en otra ocasión.

      El rechazo de Nazaret hacia su profeta es precursor del que le dispen-

sará Jerusalén. "¡Jerusalén, Jerusalén que matas a los profetas y apedreas

a los que se te envían!" Lc 13,34. El gesto de empujarlo "fuera del pueblo"

recuerda el de la comparación de los viñadores puesta por Jesús para descri-

bir su propia situación. "Lo empujaron fuera de la viña y lo mataron" Mt

21,39. Por eso dirá el autor de la carta a los Hebreos: "Jesús, para consa-

grar al pueblo con su propia sangre, murió fuera de las murallas. Salgamos,

pues, a encontrarlo fuera del campamento, cargando con su oprobio" Heb 13,12-

13.

 

                              El otro Nazaret

 

      El Evangelio de hoy nos presenta el Nazaret que no acogió a Jesús y

pretendió eliminarlo, pero hay otro Nazaret.     

      En el mismo lugar donde hoy hemos presenciado el rechazo y la cerrazón,

hubo alguien que desde el primer momento lo acogió con amor y puso toda su

vida a su servicio.

      María y José‚ dieron el asentimiento de la fe desde el principio, desde

que Dios, por medio del ángel, reveló a cada uno por separado quién era el

hijo que había de venir.

      No todo estuvo claro desde el principio, las dimensiones reales de la

vocación a la que eran llamados sólo las irían descubriendo en sucesivas

experiencias, pero la actitud inicial de fe es nítida desde el comienzo.

      El aceptar la colaboración con los planes de Dios acogiendo a Cristo

en sus vidas, cambió el rumbo de su existencia en plena juventud y cumplió

de manera misteriosa su destino.      La vida de fe de María y de José‚ fue madurando entorno a Jesús. Hubo

algunos hechos, algunas situaciones y algunas palabras que les fueron

abriendo horizontes. Palabras y hechos recordados y meditados mil veces, con

el afán de descubrir el misterio y de adentrarse en él. Fueron momentos

preciosos, rayos de luz que iluminan un trozo del sendero: las palabras de

Simeón, la adoración de los magos, las palabras de Jesús en el templo... Y

al lado de los hechos que han sido recogidos en la narración evangélica

tantas otras palabras, tantos otros gestos de la vida de cada día. Todo ello

recogido con amor, madurado al sol del cariño familiar, iba dando cada día

el tono de la fe para vivir la virginidad, para entregarse en el servicio,

para sacrificarse por el bien del otro.

      El Jesús acogido, respetado, infinitamente amado, atendido, curado,

limpiado, estimulado en el esfuerzo por María y por José fue creciendo en el

otro Nazaret.

      Cuando se presentó como Mesías ante sus conciudadanos, éstos lo recha-

zaron y no creyeron, pero él sabía que el germen de la fe había empezado a

crecer desde hacía años en aquella misma tierra.

 

                                Nuestra fe

 

      Es fundamental el primer momento de la fe. La toma de conciencia de que

Jesús es el Señor y de que puede cambiar toda nuestra vida. Nadie puede

llegar por sus propias fuerzas a la fe, es un don de Dios.

      Los habitantes de Nazaret son un caso entre muchos de cómo uno puede

cerrarse y no acoger a Jesús como Mesías y Señor, lo que por otra parte

muestra que el hombre es libre para aceptar o no el don que se le ofrece.

      Mirando a este Nazaret hoy y a la iluminación que recibe desde el otro

Nazaret, aprendemos lo que significa creer.

      Creer es entregarse a él sin condiciones, desde el primer momento. Es

dejar que tome él el timón de nuestra vida y haga con ella lo que quiera. Es

aceptar a Jesús como Profeta y como Salvador: el profeta que nos dice toda

la verdad acerca de nosotros mismos y acerca de Dios, el salvador que nos

saca de nuestros pecados y de la estrechez de nuestras miras.

      Creer es estar con Jesús, hacer todo lo posible por que crezca en noso-

tros y en los demás.

      Mirando hoy a Nazaret nuestra fe recibe un nuevo impulso no sólo para

reafirmar la donación inicial, sino para trabajar cada día por adentrarnos

más en ella y por que otros hombres tengan la oportunidad de un encuentro con

Cristo.

 

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sábado, 22 de enero de 2022

Ciclo C -TO - Domingo III

 23 de enero de 2022 - III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo C

 

                     "Hoy se ha cumplido este pasaje"                

 

      Lucas 1,1-4; 4,14-21

 

      Ilustre Teófilo:

      Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que

se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por

los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra.

Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he

resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las

enseñanzas que has recibido.

      En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu;

su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos

lo alababan.

      Fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como

era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le

entregaron el Libro del Profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje

donde estaba escrito:

      "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha

enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos

la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos;

para anunciar el año de gracia del Señor".

      Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba, y se sentó.

      Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles:

      - Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.

 

Comentario

 

      A partir del bautismo, Lucas nos presenta a Jesús "lleno de Espíritu

Santo". Movido por el mismo Espíritu va primero al desierto, donde pasa

cuarenta días, y después "con la fuerza del Espíritu, Jesús volvió a Gali-

lea".

      En Nazaret, donde se había criado, en medio de una celebración de la

palabra y ante una asamblea compuesta por sus compatriotas, proclama que el

tiempo se ha cumplido, que la palabra de Dios anunciada por los profetas se

está haciendo realidad y se identifica con el siervo de Yavé (el Mesías) a

que se refieren las palabras leídas en la sinagoga.

      Es muy significativo que esta solemne proclamación se haga precisamente

en Nazaret, donde él había crecido. Jesús anuncia el evangelio allí mismo

donde había vivido, donde ciertamente había hablado y actuado en otro tono

y en modo muy diverso.

      Si leemos los versículos siguientes al pasaje de hoy, vemos que los

treinta años de vida oculta en Nazaret no habían servido para suscitar la fe

en ninguno de sus conciudadanos. Y sin embargo, de Nazaret salió la Palabra

que se extendió y suscitó la fe en Galilea, en Samaría, en Judea y, después

de la resurrección salió de Jerusalén para extenderse por todo el mundo.

      Hay un misterio muy profundo en los años de Nazaret. El Jesús acogido

y aclamado en los primeros momentos de su venida al mundo, adorado por reyes

y pastores, reconocido por Simeón y Ana, anunciado "a los que esperaban la

liberación de Jerusalén" Lc 2,38. El Jesús anunciado por los ángeles como

grande, Hijo del Altísimo" a quien "el Señor Dios dará el trono de David su

padre" que "reinará para siempre sobre la casa de Jacob y su reinado no

tendrá fin" Lc 2,32-34. El Jesús "luz de las naciones" y "Salvador", conce-

bido por obra del Espíritu Santo. Este Jesús, hasta que no es ungido por el

Espíritu Santo en el Jordán, no se presenta como Mesías, no anuncia el men-

saje de que es portador, no se da a conocer.

      El texto de Isaías citado por el evangelista, que Jesús se aplica en

primera persona, es importantísimo para entender la conciencia mesiánica de

Jesús. Y Lucas coloca el acontecimiento precisamente en Nazaret y no en otras

sinagogas de la comarca, donde también Jesús enseñaba probablemente las

mismas cosas y donde era admirado por todos (Lc 4,15).

      El pasaje de hoy tiende un puente entre los años de ocultamiento y

anonadamiento de Jesús y los años de anuncio del mensaje. Lucas menciona

expresamente que el Nazaret donde Jesús proclama que la profecía de Isaías

se ha cumplido, es el mismo Nazaret donde se había criado.

      El Nazaret evangelizado con el trabajo, con la vida de familia, con la

oración doméstica, con las idas y venidas, con la caridad, la alegría, el

respeto, la humildad y la sencillez de vida durante treinta años, es ahora

evangelizado con la proclamación solemne de la llegada del Mesías.

      El adverbio "hoy" ("Hoy, en vuestra presencia, se ha cumplido este

pasaje") corresponde al momento del anuncio del reino de Dios, al momento de

llevar la buena noticia a los pobres, de anunciar la libertad a los cautivos

y la vista a los ciegos... Este es el momento de la Palabra, de la manifes-

tación, de la iluminación. El otro es el tiempo del ser y de la vida que

crece, que se cría en silencio.

      El momento del "hoy" en que se cumple la Escritura, arroja así toda su

luz sobre el tiempo de la oscuridad de la vida en Nazaret. El Mesías hoy

proclamado vivía ya cuando nada se sabía de él.

      Vemos así cómo el Nazaret del silencio está en conexión con los otros

momentos en los que el Mesías, el Hijo de Dios, aun siéndolo siempre, no lo

parece. El Nazaret del silencio está sobre todo en la misma línea del momento

de la suprema humillación en la pasión y en la muerte en cruz.

      El Nazaret del silencio es espejo de todos los momentos y situaciones

en las que Dios parece callar, impotente, inerme, trascendente. El Dios que

es palabra, poder, fuerza y cercanía e intimidad.     

      Hay un misterio en todo esto que sólo se descubre quedándose largos

ratos en Nazaret con Jesús, María y José‚.

 

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sábado, 15 de enero de 2022

Ciclo C - TO - Domingo II

 16 de enero de 2022 - II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo C

 

"Comenzó Jesús sus señales"

 

      Juan 2,1-12

 

      En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús

estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.

      Faltó el vino y la madre de Jesús le dijo:

      - No les queda vino.

      Jesús le contestó:

      - Mujer, dé‚jame, todavía no ha llegado mi hora.

      Su madre dijo a los sirvientes:

      Haced lo que él os diga.

      Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones

de los judíos, de unos cien litros cada una.

      Jesús les dijo:

      - Llenad las tinajas de agua.

      Y las llenaron hasta arriba.

      Entonces les mandó:

      - Sacad ahora, y llevádselo al mayordomo.

      Ellos se lo llevaron.

      El mayordomo probó al agua convertida en vino sin saber de donde venía

(los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó

al novio y le dijo:

      - Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando están bebidos, el

peor; tú en cambio has guardado el vino bueno hasta ahora.

      Así en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria

y creció la fe de sus discípulos en él.

      Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos,

pero no se quedaron allí muchos días.

 

Comentario

 

      Las últimas palabras del evangelio de hoy nos dan la clave para enten-

der el texto entero. "En Caná de Galilea comenzó Jesús sus señales, manifestó

su gloria y sus discípulos creyeron en él".

      Para Juan los milagros de Jesús son señales, signos detrás de los cua-

les hay que descubrir una realidad más profunda. Con estos signos Jesús mani-

fiesta su gloria, es decir, su condición divina. Y por eso estos signos

interpelan a quien los contempla: en este caso tenemos la respuesta de la fe

de los discípulos.

      Este de Caná es el primer signo y, como todos los otros que aparecen

en el Evangelio de Juan, se inscribe en una línea que conduce al gran signo

de Jesús: su pasión-muerte-resurrección.

      La boda de Caná marca el comienzo de la misión de Jesús como Mesías.

Al participar en la boda de Caná, celebra públicamente su unión con la huma-

nidad, es decir inaugura en sí mismo en cuanto Hijo de Dios, la nueva alianza

entre Dios y el hombre. Pero este acontecimiento es también el comienzo de

la Iglesia, representada por María y los discípulos que "creyeron en él".

      "Y la madre de Jesús estaba allí". La presencia e intervención de María

en Caná son muy significativas. María, con un rasgo humanísimo de delicadeza

femenina, se da cuenta de la situación y se lo dice a Jesús. Ante la res-

puesta aparentemente distante de su Hijo, María, con aquella fe que ya Isabel

había elogiado, manda a los servidores que hagan lo que Él diga.

      Una lectura de los símbolos hecha a través de los siglos por la Igle-

sia, ve en María la representación de la antigua alianza preparando con su

fe la realización de la nueva. Ella se da cuenta de que las tinajas (seis,

número incompleto en la Biblia) no tienen vino (símbolo de la fiesta y de la

alegría mesiánica) y pide, al único que puede llenarlas del vino nuevo de la

vida nueva, que se cumpla ya el tiempo. El maestresala (figura de los res-

ponsables del pueblo de Israel) no acierta a entender lo que ha pasado. Sólo

los que creen (María y los discípulos) entran en la nueva alianza realizada

en Cristo.

 

                            El signo de Nazaret

 

      El Evangelio de Juan, en el pasaje que hemos leído, nos enseña a hacer

una lectura simbólica y representativa de los hechos de la vida de Jesús. Los

milagros son los momentos clave, los momentos cargados de significado

simbólico en los que se transparenta el misterio de Cristo. Como hemos dicho,

todos ellos hacen referencia al gran signo de la muerte-resurrección.

      Pero, ¿no podría interpretarse el tiempo de Nazaret como un signo? Los

evangelios apócrifos abundan en sucesos milagrosos durante la infancia del

Señor, pero no es en esa línea en la que debemos movernos para descubrir el

signo de la presencia de Jesús en Nazaret. ¿Cuáles eran los elementos del

signo de Caná de Galilea?: Una boda, unas jarras vacías que se llenan de

agua, la intervención de María, la acción de Jesús. Transformando el agua en

vino, Jesús manifestó su gloria.

      ¿Cuáles son los elementos del signo de Nazaret? Una familia, un pueblo

escondido, larga permanencia de Jesús con María y José, su obediencia, su

crecimiento, su integración total en un ambiente, en una cultura.

      ¿Qué se nos manifiesta en el signo de Nazaret? El amor de Dios al hom-

bre y a todo lo humano: instituciones, maneras de ser y de vivir, ambientes,

etc. Nos muestra también cómo Dios, que es familia, no puede vivir sin fami-

lia. El signo de Nazaret nos revela la pedagogía de Dios, su manera de hacer

las cosas, su forma de guiar al hombre, su Hijo, para que llegue a ser libre

y adulto, su paciencia para dejar madurar los tiempos.

      Nazaret nos enseña que el encuentro con Dios se puede realizar en este

mundo, en nuestros ambientes normales de trabajo y de vida. Y nos muestra

también que la vida divina puede insertarse en nuestra vida normal, o lo que

es lo mismo, que nuestra vida normal puede ser vivida a la manera divina.

      Con el milagro de Caná y con los demás signos, Jesús "manifestó su

gloria" y sus discípulos creyeron en él. El signo de Nazaret aparentemente

no manifiesta nada, es pura monotonía y oscuridad y, sin embargo, para quien

lo mira con fe, hay también en esa época de la vida de Jesús una manifes-

tación de su gloria. Sólo Dios puede hacer los milagros y por eso son signos,

y sólo Dios pudo ser hombre del modo como lo fue Jesús en Nazaret.

 

Vivir los signos

 

      Para los cristianos, los sacramentos son los signos en que se nos comu-

nica la vida de Dios. El momento sacramental es el momento fuerte de la

acción de Dios para el hombre que se acerca a él con fe y con amor.

      Quien vive el espíritu de Nazaret sabe, sin embargo, que además de los

momentos culminantes en los que se vive el signo sacramental, existen muchos

otros signos de la presencia de Dios y de su acción en la vida de cada día.

      Nazaret nos enseña a afinar la vista para descubrir también esas otras

manifestaciones calladas de su presencia y de su acción.

      Viviendo en familia con Jesús, María y José‚ en el tiempo presente, se

aprende que, hoy como ayer, la acción de Dios empapa toda la trama del tejido

humano y que no son necesarios los "milagros" para creer y vivir como

cristianos.

 

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viernes, 24 de diciembre de 2021

Natividad del Señor

 NATIVIDAD DEL SEÑOR Misa de la noche

 

                            "Hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador"

 

Isaías 9,1-3. 5-6

 

   El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban la

tierra de sombras, y una luz les brilló.

   Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia, como

gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín.

   Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su

hombro, los quebrantaste como el día de Madián.

   Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el

principado, y es su nombre:

   Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la

paz.

   Para dilatar el principado con una paz sin límites, sobre el trono de

David y sobre su reino.

   Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora

y por siempre. El celo del Señor lo realizará.

 

Tito 2,11-14

 

   Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hom-

bres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a

llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la

dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro,

Jesucristo.

   El se entregó por nosotros para rescatarnos de toda impiedad y para

prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras.

 

Lucas 2,11-14

 

   En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer

un censo en el mundo entero.

   Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria.

Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.

   También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la

ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para

inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí

le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió

en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.

   En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre,

velando por turno su rebaño.

   Y un Ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de

claridad y se llenaron de gran temor.

   El  Ángel les dijo:

   -No temáis, os traigo una buena noticia, la gran alegría para todo el

pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el mesías, el

Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y

acostado en un pesebre.

   De pronto, en torno al Ángel, apareció una legión del ejército celestial,

que alababa a Dios, diciendo:

   -Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios

ama.

 

Comentario

 

   El relato del nacimiento de Jesús que nos ofrece el evangelio de Lucas en

el corazón de esta noche santa o noche buena, nos da las coordenadas de

tiempo y de lugar para situar el hecho y para interpretar su alcance. El

evangelista lo hace no sólo en términos generales y solemnes, como conviene

al caso, (emperador reinante, regiones y comarcas del imperio), sino que nos

da también una serie de detalles concretos que convierten el acontecimiento

en algo cercano y familiar.

   Fijémonos en primer lugar en los aspectos que tratan de subrayar la

magnitud de este acontecimiento singular. El texto de Lucas alude en primer

lugar al emperador Augusto y al "censo de todo el mundo". El mismo

evangelista ofrece otras referencias para situar la historia de Jesús. El

censo de todo el mundo y el hecho de que "todos iban a inscribirse" abre el

nacimiento del niño de Belén a unas perspectivas universales insospechadas.

Esa tendencia a amplificar el hecho se refuerza después en el anuncio del

Ángel a los pastores. La alegría que anuncia no es sólo para ellos, sino

"para todo el pueblo". Además el anuncio es presentado como "buena noticia"

(=evangelio), destinada por tanto a propagarse y a comunicarse.

   Dentro de esa perspectiva universalista, no sólo en cuanto al espacio

sino también al tiempo, la liturgia destaca justamente el "hoy" de la cele-

bración. Desde ese "hoy" litúrgico y actual pretende llevarnos a aquel otro

en el que se cumplió nuestra salvación. La palabra "hoy" es el centro del

anuncio del Ángel a los pastores y es igualmente el centro del mensaje que

la Iglesia quiere transmitir permanentemente a los hombres: hoy ha nacido el

Salvador.

   A dar ese sentido de plenitud y cumplimiento que tiene el "hoy" de la

liturgia contribuye también el texto de Isaías que se proclama en la 1ª.

lectura. En él se anuncia la época mesiánica como un paso de las tinieblas

a la luz, de la tristeza a la alegría, a esa alegría plena del momento de las

cosechas o de la liberación de una opresión milenaria. Pero todo ello se da

como algo ya realizado ("una luz les brilló"). El niño que ha nacido es el

príncipe de la paz. Pero al mismo tiempo es algo que se cumplirá en el

futuro: "El celo del Señor lo realizará".

   Ese mismo sentido podemos ver en la 2ª. lectura, cuando el apóstol habla

de la aparición de la gracia de Dios realizada en Cristo. Su venida y su

entrega tienen como finalidad el "prepararse un pueblo purificado", lo que

supone una tarea permanente.

   La lectura de la Palabra nos lleva así a vivir ese "hoy" de la salvación

ya cumplida en Cristo que se hace actual en nuestra historia. Somos invitados

a participar personalmente con María y José‚ con los pastores y con todos los

creyentes en ese maravilloso intercambio en el que Dios presenta y ofrece al

hombre su misma vida y el hombre es llamado a dejarse desarmar y entrar en

esa nueva luz que lo salva.

   En eso consiste la "gloria de Dios" que los Ángeles cantan y que tiene su

eco correspondiente en la "paz" de los hombres en la tierra. La manifestación

de Dios y la salvación del hombre son dos aspectos de la misma realidad.

 

Los signos concretos

 

   La narración del nacimiento de Jesús se mueve en el evangelio de Lucas a

través de signos muy concretos y muy sencillos que pretenden guiar al lector

a encontrar, también él, como los personajes del relato, al Mesías.

   El signo central, que da sentido a todos los otros, es el "niño": "encon-

traréis un niño". Este niño es presentado en primer lugar como "primogénito".

Es un término de amplio significado en el Nuevo Testamento porque refiere a

Jesús la herencia mesiánica de la casa de David. Además el recién nacido es

designado con tres títulos de gran relieve: Salvador, título ya incluido en

su nombre, el Mesías o Cristo que recoge la profecía sobre la ciudad de David

como lugar de su nacimiento, y, sobre todo, el Señor, aplicando de forma

directa al niño la designación que servirá a los creyentes para hablar de su

condición divina.

   Todo esto dice a quien se acerca al texto evangélico que el "niño" de

quien se habla esconde, tras su apariencia sencilla, un misterio profundo.

Por otra parte hay un gran contraste entre esa "grandeza" y "universalidad",

a la que aludíamos antes, y los signos concretos que se ofrecen para recono-

cer la identidad del niño. Ese contraste estimula también hoy al lector a dar

el mismo paso que los destinatarios del primer anuncio.

   Los signos concretos situados entorno al niño son, en primer lugar, su

condición de impotencia y debilidad; vienen luego los "pañales" que lo

envuelven, pero también que limitan sus movimientos y su libertad. Ese último

aspecto ha llevado a algunos a establecer un paralelismo entre este pasaje

y el de la sepultura de Jesús (Lc 23,53). Está también el detalle del

"pesebre" que puede subrayar el alejamiento del ambiente humano normal en el

que se produjo el nacimiento del niño.

   Por tres veces el texto evangélico recalca esos detalles ("niño", "paña-

les", "pesebre"): en la narración directa del hecho, en el anuncio del Ángel

a los pastores y en la constatación que éstos efectúan. Queda así bien subra-

yada la pobreza de los signos para revelar el altísimo misterio.

   Esos signos concretos ofrecidos a los pastores, pero también a María y a

José (y a nosotros), nos invitan a dar el paso de la fe reconociendo en el

niño recién nacido al Salvador. Y ese paso de la fe es el mismo que María y

José continuaron en Nazaret durante muchos años. Con el tiempo irán cambiando

los signos concretos según las condiciones de vida, pero siempre permanecerán

en el ámbito de la pobreza, de la humildad, de la sencillez. Es como una

invitación constante a mantenerse fieles a ese contraste infinito entre lo

que se ve y lo que se esconde, contraste por donde se mueve la fe.

 

En silencio y llenos de amor

queremos también nosotros

llegarnos hasta el pesebre

y contemplar la Palabra hecha carne.

Te adoramos, Señor Jesús,

en la elocuencia y humildad

de tu primer gesto de encuentro con los hombres.

Ilumina con tu luz

las zonas de sombra de nuestra vida,

esas partes aún no evangelizadas de nosotros mismos

y del mundo en que vivimos,

para que encontremos la verdadera paz

y Dios sea glorificado.

 

Jesús, María y José

   La fiesta de Navidad nos invita a captar en profundidad el misterio de la

sencillez de los signos. Más que escudriñar los detalles de la narración,

ser bueno fijarnos con mirada contemplativa en los gestos de María y de José‚

para aprender esas actitudes cristianas que nos llevan a acoger en nuestra

vida la salvación traída por Cristo.

   Fijémonos en María. La sublimidad de su gesto se esconde en las acciones

simples, transparentes, puras que menciona el evangelio: dio a luz a su hijo

primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre... Es el primer

gesto de donación y presentación de Jesús. María ha acogido el Verbo en su

carne y lo ha entregado al mundo. Ningún gesto de posesión, ninguna sombra

de protagonismo ha ensombrecido la gloria de Dios en su entrega al hombre.

Nada hay más personal que engendrar y dar a luz y nada más desprendido que

entregar al recién nacido y permitirle que cumpla su misión.

   La solución inmediata de colocar al niño en el pesebre por no tener sitio

en la posada, sin duda compartida por María y José‚ traduce esa sencillez tan

humana de saberse contentar con lo que se tiene, de saber acomodarse a las

circunstancias como se presentan. Ninguna vanidad herida hubo en ese momento

porque ninguno de los dos pretendía una dignidad que fuera reflejo de la

grandeza del momento que vivían.

   José estaba también allí. Sin duda con la preocupación y premura, con la

responsabilidad y atención que requería un momento tan delicado y en tales

circunstancias. De él no se dice apenas nada, ¿qué importa? Su silencio su

"ausencia" del relato, deja ver con mayor claridad el signo central que es

el niño. También de él tenemos que aprender a desaparecer para que el

Salvador, el Señor, pueda manifestarse.

   Sin embargo, cuando los pastores llegan para comprobar el mensaje del

Ángel encuentran a María y a José junto con el niño. Se diría que las figuras

de María y de José sólo cobran importancia cuando se ha descubierto quién es

el recién nacido.

 

                                                 NAVIDAD (Misa del Día)

 

                                                  "El Verbo se hizo carne"

 

 

Isaías 52,7-10

 

     ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia

la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión:

¡"Tu Dios es Rey"! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara

a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusa-

lén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén: el Señor desnuda

su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la

tierra la victoria de nuestro Dios.

 

Hebreos 1,1-6

 

      En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a

nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado

por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido

realizando las edades del mundo. Es el reflejo de su gloria, impronta de su

ser. El sostiene el universo con su Palabra poderosa. Y, habiendo realizado

la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de Su Majestad en

las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles cuanto más sublime es el

nombre que ha heredado.

      Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: "Hijo mío eres tú hoy te he engendra-

do"? O: "¿Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo?" Y en otro

pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: "Adórenlo todos los

ángeles de Dios".

 

Juan 1,1-18

 

      En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a

Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios.

      Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo

que se ha hecho.

      En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz

brilla en las tinieblas, y la tiniebla no la recibió.

      Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como

testigo para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la

fe, No era él la luz, sino testigo de la luz.

      La palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre. Al mundo

vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no

la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.

      Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si

creen en su nombre. Estos no han nacido de la sangre, ni de amor carnal, ni

de amor humano, sino de Dios.

      Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado

su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de

verdad.

Juan da testimonio de El y grita diciendo: éste es de quien dije: "El que

viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo".

      Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia: porque la

ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de

Jesucristo.

      A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del

Padre, es quien lo ha dado a conocer.

 

Comentario

 

      En la fiesta de Navidad y durante todo el tiempo que sigue celebramos

el misterio de Dios que se hace hombre.

      Dios se encuentra con los hombres precisamente en Cristo en cuanto

hombre. Y así a través del elemento humano de la persona de Cristo, el

hombre puede acceder a lo invisible y puede adentrarse en el misterio de

Dios.

      Aquel que en el seno del Padre era Verbo-palabra, al hacerse hombre,

se convierte en el revelador de lo que Dios es. Cristo es la plenitud de la

revelación, Él es el "unigénito de Dios" y "está lleno de gracia y de ver-

dad". "La luz ha brillado en las tinieblas", Dios se ha hecho hombre. Ahora

como entonces el hombre puede acogerlo, abrirse a Él o rechazarlo.

      Dios ha salido a encontrarse personalmente con el hombre y éste tiene

la posibilidad de la acogida o del rechazo. "Pero a los que lo acogieron los

hizo capaces de ser hijos de Dios". "De su plenitud todos hemos recibido".

      Ante la plenitud de gracia dada en Cristo, la alianza del Antiguo Tes-

tamento queda pálida, anticuada. La nueva alianza viene cualificada sobre

todo por la calidad del mediador que es Cristo. Con él Dios nos ha dicho de

sí mismo su palabra definitiva. "Es el Hijo único, que es Dios y está al lado

del Padre, quien lo ha explicado". "Si te tengo ya habladas todas las cosas

en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora

responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos en Él, porque en Él te

lo tengo dicho todo y revelado, y hallarás en Él más de lo que pides y

deseas" S. Juan de la Cruz, II Subida, 22,5.

      "Y la Palabra se hizo hombre". Es el misterio de la Navidad. Es un

misterio de humildad, pobreza y ocultamiento. La gloria eterna de Dios brilla

en el rostro de un niño y se expresa con los gestos de un recién nacido. El

Dios eterno e inmenso se somete a las condiciones de espacio y de tiempo y

asume todas las limitaciones de la naturaleza humana. Los pañales que

envuelven al niño, como las vendas puestas alrededor de su cuerpo ya muerto

y bajado de la cruz, están ahí para indicar hasta que punto Dios ha unido su

designio a nuestra condición.

      Pero lo más maravilloso es el impulso de amor que descubrimos a través

de este gesto supremo de acercamiento. Dios se hace hombre para salvar al

hombre. "Os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo Señor"

Lc. 10-11. "El motivo del nacimiento del Hijo de Dios, dice S. León Magno,

no fue otro sino el de poder ser colgado en la cruz".

 

Desde Nazaret

 

      Para María y José‚ el misterio de la venida de Dios entre los hombres

estaba ligado a lugares, personas y situaciones muy concretas: el anuncio del

mensajero de Dios, el bando de un censo, el viaje a Belén, el no encontrar

lugar en la posada, la cuadra, el pesebre, los pañales, los pastores, ...

Dios en persona con la apariencia de un niño como todos los otros.

      El tiempo de Nazaret nos descubre una dimensión importantísima de la

encarnación. Esta no consiste en que Dios se haga hombre en un momento

determinado, sino en que además Dios asuma la condición de hombre, todo lo

humano, con lo que ello lleva consigo.

      La frase "La Palabra se hizo carne" puede tener dos sentidos. Uno

puntual, circunscrito a un momento concreto de la historia, y otro durativo,

que indica todo el proceso necesario para que el Hijo de Dios vaya asumiendo

todas las características humanas hasta llegar a ser un hombre completo. Este

proceso implica el crecimiento físico, la inserción en una cultura, en un

ambiente de vida, aprender a vivir todas las dimensiones de la persona.

      Este segundo aspecto es el que descubrimos viendo desde Nazaret el

misterio de Navidad.

      Esta asunción de lo humano y de lo "mundano" por parte del Hijo de Dios

transforma y santifica todo lo humano y todo lo que está en el mundo.

      En Nazaret vemos a Jesús, tocar, ver, agarrar, caminar, comer, reír,

vestirse, estar con la gente, amar a sus padres y a los demás... Es admirable

y maravilloso contemplar como Dios tomó la naturaleza humana no de forma abs-

tracta o aparente, sino muy concretamente y de manera profunda y total. Dios

vivió como nosotros; habló, rió, amó, como cualquier hombre.     

      Esta dimensión de la encarnación, tan importante y rica de consecuen-

cias, se hace patente en Nazaret.

 

Para vivir ahora

 

      Para vivir ahora, en el tiempo de la Iglesia, encontramos en Nazaret

un fuerte estímulo y un fundamento sólido de valoración de todo lo humano y

de apreciación positiva del mundo y de sus valores.

      Cristo asumiendo todo lo humano (menos el pecado): lengua, cultura,

instituciones sociales, le infunde una nueva vida, un nuevo sentido, y le da

una proyección eterna.

      Desde que Cristo se hizo hombre hay que hablar de un modo nuevo del

mundo y del hombre. Ciertamente el pecado existe, pero el pecado y el mal ya

no caracterizan de la forma más profunda ni al hombre ni al mundo. Dios hizo

buenas todas las cosas y Cristo viniendo al mundo y haciéndose hombre, en-

contró la vía exacta para poner de nuevo en armonía la relación hombre-mundo

dañada por el pecado. La encarnación del Cristo no sólo libera al hombre de

una concepción pesimista del mundo, sino que le da la posibilidad de trabajar

en él como lugar de encuentro con Dios, como ámbito de sus relaciones

fraternas con los demás hombres, como materia prima de la construcción de su

propia realidad.

      El concilio Vaticano II asigna a los laicos la misión de consagrar el

mundo con estas palabras: "Cristo Jesús, supremo y eterno sacerdote, desea

continuar su testimonio y su servicio también por medio de los laicos; por

ello vivifica a éstos con su Espíritu e ininterrumpidamente los impulsa a

toda obra buena y perfecta. Pero a aquéllos a quienes asocia íntimamente a

su vida y misión, también los hace partícipes de su oficio sacerdotal, en orden

al ejercicio del culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hom-

bres. Así también los laicos, como adoradores que en todo lugar obran

santamente, consagran a Dios el mundo mismo" L.G. 34; Cfr. 36,b.

      Contemplando desde Nazaret la encarnación de Cristo, aprendemos a

encarnarnos también nosotros para llevar el mundo a Dios.

 

TEODORO BERZAL hsf