sábado, 7 de mayo de 2022

Ciclo C - Pascua - Domingo IV

 8 de mayo de 2022 - IV DOMINGO DE PASCUA – Ciclo C

 

                         "Yo y el Padre somos uno"

 

      Hechos 13,14.43-52

                         "Yo y el Padre somos uno"

      En aquellos días, Pablo y Bernabé desde Perge siguieron hasta Antioquía

de Pisidia; el sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento.

      Muchos judíos y prosélitos practicantes se fueron con Pablo y Bernabé,

que siguieron hablando con ellos, exhortándolos a ser fieles al favor de

Dios.

      El sábado siguiente casi toda la ciudad acudió a oír la Palabra de

Dios. Al ver el gentío, a los judíos les dio mucha envidia y respondían con

insultos a las palabras de Pablo.

      Entonces Pablo y Bernabé‚ dijeron sin contemplaciones: Teníamos que

anunciaros primero a vosotros la Palabra de Dios; pero como la rechazáis y

no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los

gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: "Yo te haré luz de los gentiles,

para que seas la salvación hasta el extremo de la tierra".

      Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron mucho y alababan la Pala-

bra del Señor, y los que estaban destinados a la vida eterna, creyeron.

      La Palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los

judíos incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a los principales de

la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé‚ y los expulsaron

del territorio.

      Ellos sacudieron el polvo de los pies, como protesta contra la ciudad

y se fueron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu

Santo.

 

      Apocalipsis 7,9.14b-17

 

      Yo, Juan, vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda

nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero,

vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.

      Y uno de los ancianos me dijo: Estos son los que vienen de la gran

tribulación, han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero.

      Por eso están ante el trono de Dios dándole culto día y noche en su

templo.

      El que se sienta en el trono acampará entre ellos.

      Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño ni el sol ni el bochorno.

Porque el Cordero que está delante del trono será su pastor, y los conducirá 

hacia fuentes de aguas vivas.

      Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.

 

      Juan 10,27-30

 

      En aquel tiempo, dijo Jesús:

      - Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo

les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de

mi mano.

      - Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatar-

las de la mano de mi Padre.

      - Yo y el Padre somos uno.

 

Comentario

 

      A través de la imagen del pastor y las ovejas, el Evangelio nos des-

cribe hoy de modo profundo y bello la relación personal que existe entre

Cristo y sus discípulos.

      "Mis ovejas obedecen mi voz, yo las conozco y ellas me siguen". Más que

una sucesión de actos distintos, estas frases indican los polos de una rela-

ción personal caracterizada por la reciprocidad del amor. La alternancia de las

acciones expresa el dinamismo de la amistad, que implica mutua acepta-

ción, comprensión y compromiso. La fuerza y radicalidad de los verbos, sin

otros adornos, indican la profundidad de la relación. La forma de la

explicación centra toda la atención en Jesús: mis ovejas, mi voz, yo las

conozco, me siguen.

      La relación personal con Jesús crea en quien lo sigue una realidad

nueva, una vida nueva y eterna. Esta vida es un don que procede sólo de Él.

Y esta relación personal creada por el don de la vida nueva es tan fuerte que

nadie podrá destruirla. La fuerza está precisamente en que la vida nueva se

funda en Él, en Cristo.

      Cristo "el mayor de una multitud de hermanos" (Rm 8,29), considera a

sus discípulos como dones del Padre: "Yo te ruego por ellos; no te ruego por

el mundo, sino por los que me has confiado; porque son tuyos" Jn 17,9. La

relación con Cristo crea, pues, también una nueva relación con el Padre.

"Nuestra comunión lo es con el Padre y con su Hijo, Jesús, el Mesías" I Jn

1,3.

      "Y nadie puede arrancar nada de la mano del Padre". La frase puede

tener dos sentidos. Puede indicar la fuerza de esta relación nueva, sólida

y profunda, fundada en el amor que el Padre tiene a quienes siguen a Jesús.

Pero puede indicar que la vida nueva con Jesús y con el Padre no se puede

obtener por la fuerza. La fraternidad con Jesús es, en efecto, donación del

Padre. "Estos no nacen por impulso de la carne ni por deseo de varón, sino

que nacen de Dios" Jn 1,13.

      La unidad que existe entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo es

el punto de referencia para la unión entre Cristo y sus discípulos y de éstos

entre sí. Por esta unidad oró Jesús antes de su pasión: "Padre santo, protege

tú mismo a los que me has confiado para que sean uno como lo somos nosotros"

Jn 17,11. "Que sean todos uno, como tú Padre estás conmigo y yo contigo" Jn

17,22. "Yo les he dado a ellos la gloria que tú me diste, la de ser uno como

lo somos nosotros, yo unido a ellos y tú conmigo, para que queden realizados

en la unidad" Jn 17,23.

      La unidad entre el Padre y el Hijo no es tan solo un ideal o una meta

a la que aspirar, es ya una realidad presente en los cristianos quienes,

habiendo recibido el Espíritu Santo, pueden llamar a Dios padre como Jesús.

"Mirad qué magnífico regalo nos ha hecho el Padre: que nos llamemos hijos de

Dios; y además lo somos" IJn 3,1.

 

                            Jesús, María y José

 

      ¿Quién podría describir la relación personal existente entre Jesús y

María, entre Jesús y José‚ entre Jesús, María y José‚ en el tiempo de Nazaret?

      Durante los meses de la gestación, el canto del Magnificat y la visita

a Isabel nos permiten descubrir algo de la nueva situación creada en María

a partir de la encarnación. "Difícilmente podrá la mente concebir, y la

lengua expresar, y la intuición más penetrante adivinar, cuál fue la amplitud

y profundidad de la vivencia en Dios, de nuestra madre por esta época. El

mundo interior de María debió enriquecerse poderosamente en estos nueve

meses, en orden físico, psíquico y espiritual. Aquello debió ser algo único

e inefable" I. LARRAÑAGA, El silencio de María p. 173.

      Esa relación maravillosa de Madre e Hijo centró por así decir toda la

vida de María. Durante los primeros años de la vida de Jesús iría matizándose

con todos los colores de la ternura, afecto y confianza. Al crecer Jesús en

Nazaret iría enriqueciéndose con los mil detalles de la vida en común. El

Evangelio sólo alude a este amor materno-filial cuando dice que, al constatar

la pérdida de Jesús, sus padres lo buscaron "angustiados".

      Lo mismo habría que decir de la relación que se creó entre Jesús y

José. Llamado a ser padre de Jesús, sin haber intervenido en su generación,

José‚ debió no sólo asumir las funciones de padre, sino serlo de verdad.

Cuando Jesús quiso enseñar a los hombres cómo es Dios, les dijo que es un

Padre. Difícilmente hubiera podido hacerlo si no hubiera tenido una

experiencia directa, clara y positiva de lo que es un padre aquí en la

tierra. Y esa experiencia la adquirió viviendo con José‚ en Nazaret.

      Pero María y José‚ tuvieron que dar un paso más en su relación con Je-

sús. También ellos tuvieron que hacer la larga travesía de la fe hasta llegar

a descubrir que su hijo era a la vez su Señor.

      El Evangelio sólo da algunas indicaciones sobre la experiencia de María

que la llevó de ser la Madre de Jesús a ser la Madre de la Iglesia a través

del misterio de la cruz. De algún modo María tuvo que "olvidarse" de que era

la Madre según la carne y experimentar que "la carne no vale nada" Jn

6,63, para entrar en el nuevo modo de vivir de Cristo a partir de la Reus-

rrección y su nueva función de Madre de la Iglesia nacida en Pentecostés.

Algo de esto había ya anticipado Jesús cuando en el templo de Jerusalén les

había dicho que Él tenía que estar en la casa de su Padre.

 

                       Jesús, María, José‚ y nosotros

 

      El evangelio de este domingo nos habla de nuestra relación personal con

el Cristo que vive hoy.

      La comunidad que vivió en Nazaret con Jesús nos muestra de manera ma-

ravillosa cómo desde la trama de las relaciones humanas se da el salto de la

fe. Sin negar nada de lo humano, sin romper nada de cuanto tiene un valor

tenemos que aprender a vivir la dimensión nueva de la fe.

      Nuestra relación personal con Cristo madura y se fortalece en el con-

tacto con Él. En el encuentro de la vida a través de las situaciones y las

cosas y en el encuentro inmediato, de tú a tú, de la oración.

      Nazaret es el modelo de cómo la experiencia de vivir con Jesús puede

centrar todas las componentes de la persona en Él y cómo puede estructurarse

una comunidad entorno a su persona.

      Lejos de ser una comunidad intimista que exagera el aspecto senti-

mental, la relación personal con Cristo nos coloca en una dinámica de madura-

ción, de equilibrio y de libertad que lleva a la construcción de la persona

de manera íntegra y a la edificación de una comunidad de personas en todos

los ámbitos.

 

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sábado, 30 de abril de 2022

Ciclo C - Pascua - Domingo III

 1 de mayo de 2022 - III DOMINGO DE PASCUA – Ciclo C

 

                                       "¡Es el Señor!"

 

      Hechos 5,27b-32.40b-41

 

      En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los Apóstoles y les

dijo: ¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En

cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos

responsables de la sangre de ese hombre.

      Pedro y los Apóstoles replicaron: Hay que obedecer a Dios antes que a

los hombres. "El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros

matasteis colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo

jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los

pecados". Testigo de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a

los que le obedecen.   

      Azotaron a los Apóstoles, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y

los soltaron. Los Apóstoles salieron del Consejo, contentos de haber merecido

aquel ultraje por el nombre de Jesús.

 

      Apocalipsis 5,11-14

 

      Yo, Juan, miré y escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y

millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían

con voz potente: "Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la

riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza".

      Y oí a todas las creaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la

tierra, en el mar, -todo lo que hay en ellos- que decían "Al que se sienta

en el trono y al Cordero la alabanza el honor, la gloria y el poder por los

siglos de los siglos".

      Y los cuatro vivientes respondían: Amén.

      Y los ancianos cayeron rostro en tierra, y se postraron ante el que

vive por los siglos de los siglos.

 

      Juan 21,1-19

     

      En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al

lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro,

Tomás apodado Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros

discípulos suyos.

      Simón Pedro les dice:

      - Me voy a pescar.

      Ellos contestaron:

      - Vamos también nosotros contigo.

      Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.

      Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los

discípulos no sabían que era Jesús.

      Jesús les dice:

      - Muchachos, ¿tenéis pescado?

      Ellos contestaron:

      - No.

      El les dice:

      - Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.

      La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces.

Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:

      - Es el Señor.

      Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la

túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca,

porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con

los peces.

      Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.

Jesús les dice:

      - Traed de los peces que acabáis de coger.

      Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta

de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió

la red.

      Jesús les dice:

      - Vamos, almorzad.

      Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque

sabían bien que era el Señor.

      Jesús se acerca, toma el pan y se los da; y lo mismo el pescado.

      Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después

de resucitar de entre los muertos.

      Después de comer dice Jesús a Simón Pedro:

      - Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?

      El le contestó:

      - Sí Señor, tú sabes que te quiero.

      Jesús le dice:

      - Apacienta mis corderos.

      Por segunda vez le pregunta:

      - Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

      El le contesta:

      - Sí Señor, tú sabes que te quiero.

      El le dice:

      - Pastorea mis ovejas.

      Por tercera vez le pregunta:

      - Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?

      Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería

y le contestó:

      - Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

      Jesús le dice:

      - Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te

ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos,

otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras.

      Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.

      Dicho esto, añadió:

      - Sígueme.

 

Comentario

 

      El Evangelio de S. Juan en su última página cuenta la tercera aparición

de Jesús a sus discípulos en un relato cargado de símbolos y con detalles muy

significativos.

      Jesús se aparece a los apóstoles junto al mar de Tiberíades. Según el

Evangelio de S. Mateo, el mismo Cristo resucitado había dicho a las mujeres:

"Id a avisarles a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán" Mt 28,10.

Pero al principio no lo reconocen. Sólo después del milagro empiezan a darse

cuenta de quién se trata.

      El primero en reconocerlo es el discípulo amado. Quizá tenía los ojos

más limpios. Cuando su semblante está dibujado dentro, los ojos captan pronto

al Señor. Sin embargo, no es el discípulo amado el protagonista de la escena.

Enseguida interviene Pedro. Era él quien había tenido la iniciativa de ir a

pescar y ahora, movido por su carácter impulsivo y por su gran amor al Señor,

no vacila en lanzarse al agua para ir adonde él estaba. Será también Pedro

quien saque las redes con la pesca milagrosa y el interlocutor de Jesús en

el diálogo que sigue al almuerzo a las orillas del lago.

      Es muy significativa la actitud de los discípulos que "no preguntan

quién era, sabiendo muy bien que era el Señor". Los Hechos de los Apóstoles

dicen que Jesús se les apareció "durante muchos días" Hech. 13,10, pero da la

impresión de que no acababan de acostumbrarse a este modo de presencia del

Señor. Este les prepara el almuerzo, se los da, les hace participar

pidiéndoles algo suyo. Se diría que emplea todos los medios para entrar en

comunicación con ellos, pero ellos parece que no acaban de convencerse. En

la aparición del cenáculo "los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor"

(Jn 20,20) y también sin duda en esta ocasión, pero no acababan de hacerse

a este nuevo modo de estar el Señor con ellos.

 

      "Jesús se acercó, tomó el pan y se lo repartió y lo mismo el pescado".

Es el mismo gesto de la multiplicación de los panes y de la institución de

la Eucaristía. Se diría que con este gesto Jesús ha querido educar a sus

discípulos para que lo reconozcan en el nuevo modo de presencia con que él

estará para siempre en su Iglesia. La Eucaristía, celebrada en la Iglesia,

es el signo por excelencia de su manifestación de su presentarse ante los

Discípulos a partir de entonces. Cada vez que coman y beban el cuerpo y la

sangre del Señor en la Eucaristía, renovarán el misterio de Cristo, muerto

y resucitado, y él estará presente en medio de ellos como don de vida en el

signo del pan y del vino.

      Después de la comida viene en el evangelio el diálogo de Jesús con

Pedro. Con la triple respuesta de amor, Pedro borra la triple negación de su

momento de debilidad. Pedro ya no se escandaliza de su propia fragilidad,

pero sobre todo no se escandaliza de la cruz de Cristo. Como buen discípulo

se apresta a tomar la cruz y a caminar tras el Maestro: Pedro se había ceñido

el vestido para ir en busca del Señor a la orilla del mar. Ahora Jesús le

anuncia que otro le ceñirá indicando con qué muerte iba a glorificar a Dios.

Jesús le había mostrado ya el camino con el gesto de ceñirse para servir ("se

puso a lavarles los pies a los discípulos" Jn 13,5) Ahora Pedro debe com-

prender que su misión de servicio en la Iglesia le llevará hasta el martirio.

 

                             Jesús en Nazaret

 

      También María y José tuvieron que acostumbrarse al nuevo modo de pre-

sencia de Dios entre los hombres cuando vino a "visitarnos" en Jesús.

      El israelita sabía que Dios "está en el cielo" y que el templo de Je-

rusalén era el lugar de la manifestación de su presencia. Por eso hacia ese

lugar convergía toda la actitud religiosa del pueblo de Israel. Los profetas

habían expresado con términos muy claros que Dios está por encima de los

lugares que él mismo elige para manifestarse: "El cielo es mi trono y la

tierra el estrado de mis pies: "¿Qué templo podréis construirme o qué lugar

para mi descanso?" Is 66,1 "No os hagáis ilusiones con razones falsas

repitiendo: el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor"

Jr 7,4 El mismo Salomón que construyó el primer templo oró así: "Ahora, pues,

Dios de Israel, confirma la promesa que hiciste a mi padre David, siervo

tuyo. Aunque, ¿es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el

cielo y en lo más alto del cielo, cuánto menos en este templo que he cons-

truído I Re 8,27.

      Aun así los judíos seguían pensando en Jerusalén como lugar de la

presencia de Dios. "Vosotros (los judíos) decís que el lugar donde hay que

celebrarlo está en Jerusalén" dijo a Jesús la Samaritana (Jn 4, 20). "Sus padres

(María y José‚) iban cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua" Lc 2,41.

      Pero cuando a María "le llegó el tiempo del parto "y dio a luz a su

hijo primogénito" (Lc 2,7), todo cambió. "La Palabra se hizo hombre, acampó

entre nosotros y contemplamos su gloria" Jn. 1,14.  "El es imagen del Dios

invisible" Col 1,15. "Dios, la plenitud total, quiso habitar en él" Col 1,19.

      El tiempo de Nazaret es como los "muchos días" en que Jesús se mani-

festó a sus discípulos después de la resurrección, es un tiempo de aprendizaje

al nuevo modo de estar Dios-con-nosotros. Es un ir acostumbrando los ojos a

la nueva luz.

      La acogida generosa dispensada por María y José‚ al Dios que había ve-

nido para liberar a su pueblo (Lc 1,68), preparó el tiempo en que "no daréis

culto al Padre ni en este monte ni en Jerusalén... Pero se acerca la hora,

o mejor dicho, ha llegado, en que los que dan culto auténtico, darán culto

al Padre con espíritu y verdad, pues de hecho el Padre busca hombres que lo

adoren así" Jn 4,22-23.

      La experiencia de María va aún más adelante puesto que ella vivió tam-

bién de cerca el misterio pascual y los primeros tiempos de la Iglesia post-

pentecostal.

 

                        En el tiempo de la Iglesia

 

      "Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción

litúrgica. Está presente en el sacrificio de la misa, sea en la persona del

ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que

se ofreció en la cruz, sea sobre todo en las especies eucarísticas. Está pre-

sente con su virtud en los sacramentos, de modo que cuando alguien bautiza

es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en

la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien habla. Está presente, por último

cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: "Donde están

dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20)

S.C.7.

      Estamos en una nueva fase de la economía de la salvación. Cristo, como

a los apóstoles en la orilla del lago, como a María y José‚ en Nazaret, se nos

presenta en un modo nuevo. Ahora, en el tiempo de la Iglesia, se nos presenta

bajo múltiples formas. Pero como en Nazaret o como en la orilla del lago de

Tiberíades, lo primero que necesitamos para reconocerlo es la fe y lo segundo

es el impulso del amor para seguirlo dando la vida por los demás.

      María y José‚ vivían, como Juan el apóstol, con el corazón despierto,

y cuando Dios se presentó en su vida en un modo inesperado y sorprendente (a

José‚ en sueños, a María a través de un mensajero celeste), ellos en seguida

supieron reconocerlo, supieron también que era "el Señor".

      A la luz del evangelio de hoy, la vida de Nazaret nos enseña a vivir

en nuestro tiempo atentos al Señor que se presenta de mil modos en nuestra

vida y a dar el paso generoso de seguirlo hasta el fin.

 

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sábado, 23 de abril de 2022

Ciclo C - Pascua - Domingo II

 24 de abril de 2022 - II DOMINGO DE PASCUA – Ciclo C

 

               "Llegó Jesús, se puso en medio y dijo: paz con vosotros" 

 

      Hechos 5,12-16

 

      Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo.

      Los fieles se reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón; los

demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de

ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se

adherían al Señor.

      La gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponía en catres y cami-

llas, para que al pasar Pedro, su sombra por lo menos cayera sobre alguno.

      Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén llevando enfermos y

poseídos de espíritu inmundo, y todos se curaban.

 

      Apocalipsis 1,9-11a.12-13.17-19

 

      Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino

y en la esperanza en Jesús, estaba desterrado en la isla de Patmos, por haber

predicado la palabra de Dios y haber dado testimonio de Jesús.

      Un domingo caí en ‚éxtasis y oí a mis espaldas una voz potente, como una

trompeta, que decía: Lo que veas escríbelo en un libro, y envíaselo a las

siete iglesias de Asia.

      Me volví a ver quién me hablaba, y al volverme, vi siete lámparas de

oro, y en medio de ellas una figura humana, vestida de larga túnica con un

cinturón de oro a la altura del pecho.

      Al verla, caí a sus pies como muerto.

      El puso la mano sobre mí y me dijo: No temas: Yo soy el primero y el

último, yo soy el que vive.

      Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos; y tengo las

llaves de la Muerte y del Infierno.

      Escribe, pues, lo que veas: lo que está sucediendo y lo que ha de su-

ceder más tarde.

 

      Juan 20,19-31

 

      Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los

discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos.

      Y entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

      - Paz a vosotros.

      Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos

se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

      - Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

      Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

      - Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les

quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.

      Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando

vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

      - Hemos visto al Señor.

      Pero él contestó:

      - Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en

el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

      A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con

ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

      - Paz a vosotros.

      Luego dijo a Tomás:

      - Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi

costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

      Contestó Tomás:

      - ¡Señor mío y Dios mío!

      Jesús le dijo:

      - ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber

visto.

      Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús

a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús

es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su

Nombre.

 

Comentario

 

      El evangelio de hoy nos presenta a Cristo resucitado en plena cons-

trucción de su Iglesia nacida del sacrificio redentor.

      Presentándose en medio de los discípulos, los saluda con la paz y les

infunde la paz, don de la salvación realizada con su muerte y resurrección

para toda la humanidad. El gesto de mostrar las manos y los pies lleva en

primer lugar a los apóstoles a no confundirlo con un fantasma, pero sobre

todo a identificarlo con el Jesús a quien habían conocido antes de la pasión

y muerte. Esta identificación del resucitado con el crucificado es fun-

damental para la fe de los apóstoles y para la nuestra.

      Una vez más el evangelio subraya el cambio radical de quien empieza a

creer. "Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor". Esta vez el

cambio viene expresado como paso de la tristeza a la alegría, cosa que ya

había sido predicha por Jesús antes de padecer: "Lloraréis y os lamentaréis

vosotros. Mientras el mundo estará alegre: vosotros estaréis tristes, pero

vuestra tristeza acabará en alegría" Jn 16,20. La alegría es, en efecto, un

don típico de la pascua.

      La acción del resucitado, reconocido como Señor, en su Iglesia, con-

centrada entonces en la comunidad de los discípulos, comprende tres aspectos:

la misión, la donación del Espíritu Santo y del poder de perdonar los

pecados.

      - "Como el Padre me ha enviado, os envío yo también". Con estas pala-

bras Jesús confía a la Iglesia que Él ha fundado su misma misión divina:

anunciar a la humanidad el reino de Dios y la salvación. La Iglesia se

convierte así en "sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con

Dios y de la unidad de todo el género humano" L.G. 1. Esta confianza que Dios

pone en los hombres al entregarles su plan divino de salvación, es un miste-

rio que a la vez entusiasma y da miedo. La presencia del Cristo resucitado

y la acción del Espíritu Santo son la garantía de que la Iglesia podrá 

cumplir tan sublime misión.

      - "Recibid el Espíritu Santo". "Exaltado así a la diestra de Dios, ha

recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido y lo ha derramado"

Hch. 2,23, dirá S. Pedro después de Pentecostés. Y S. Juan afirma que antes

de la resurrección de Cristo "no había Espíritu por que Jesús no había sido

glorificado" Jn 7,39.

      El Espíritu Santo comunicado por Cristo funda en los discípulos la

realidad de la vida nueva, los lleva al conocimiento de la verdad completa

y a testimoniar con fuerza y confianza que "Jesús es el Señor".

      - "A quienes perdonáis los pecados..." La donación del Espíritu Santo

y la comunicación del poder de perdonar los pecados están en íntima conexión.

Es con el poder del Espíritu como los apóstoles y sus sucesores pueden

liberar, sanar, renovar al hombre caído en pecado; es con el poder del

Espíritu Santo como la Iglesia se renueva en el camino de crecimiento hacia

la plenitud del Reino.

      La segunda parte del evangelio narra la experiencia de fe del apóstol

Tomás. Su camino de fe subraya la identidad personal entre el crucificado y

el resucitado, pone de manifiesto el riesgo que supone la fe y provoca la

bienaventuranza de "los que tienen fe sin haber visto".

 

                   Precariedad y permanencia de Nazaret

 

      El evangelio de hoy en su conjunto da una sensación de plenitud, de

vida, de inmensa apertura hacia el futuro. La presencia del Señor resucitado

lo llena todo de luz y de paz. La donación del Espíritu garantiza la fuerza

y la unidad.

      Bajar desde estas alturas a Nazaret puede causar impresión de pobreza,

de limitación, de precariedad. Y sin embargo en Nazaret tenemos ya la fe de

quienes creen sin haber visto, pues en nada aparecería la gloria del Señor

cuando estaba con María y José. Su fe, como la de Abrahán, se apoyaba sólo

en la promesa del Señor: ­"¡Dichosa tú la que has creído! porque lo que te ha

dicho el Señor se cumplirá " Lc 1,45.

      En Nazaret fue recibido el Espíritu Santo con mayor fuerza y plenitud

que en ningún otro sitio: "El Espíritu Santo bajará sobre ti y la fuerza del

Altísimo te cubrirá con su sombra! Lc 1,35. Y su acción transformó por

completo la vida de María y de José.

      En Nazaret se comenzó a experimentar lo que significa vivir con Jesús

como centro de la familia, de la comunidad. Allí los "discípulos" María y

José empezaron a "ver" al Señor.

      Y sin embargo estas grandes realidades estaban ocultas, no aparecían,

se vivían sin el brillo pascual. Pero la muerte y la resurrección de Cristo

han rescatado para siempre el sentido de los años de Nazaret. Lo que en

Nazaret aparecía incipiente y germinal, se ha revelado, a la luz de la

Pascua, permanente y definitivo.

 

                                   Ahora

 

      La ascensión de Cristo a los cielos nos obliga a bajar al Nazaret de

ahora donde es más real que nunca la bienaventuranza de "los que creen sin

haber visto".

      La situación es diferente, pero la oscuridad de la fe que se vivió en

Nazaret nos ayuda a vivir la oscuridad y misterio de reconocer a Cristo en

la humildad del pan, en el hermano que está a nuestro lado, en los pobres,

en la Palabra, en quien tiene las manos, los pies o el costado llagados.

      La apuesta que supuso la fe de María y de José en el Cristo aún no

resucitado estimulan nuestra fe en el Cristo que aún no vemos glorioso y nos

ayuda en el camino que lleva hacia Él.

 

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL hsf