sábado, 18 de junio de 2022

Ciclo C - Cuerpo y Sangre

 19 de junio de 2022 - EL SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO – Ciclo C

 

                                        "Dadles de comer vosotros"

 

      Génesis 14,18-20

 

      En aquellos días, Melquisedec, rey de Salem, ofreció pan y vino. Era

sacerdote del Dios Altísimo. Y bendijo a Abrahán diciendo: "Bendito sea

Abrahán de parte del Dios Altísimo, que creó el cielo y la tierra. Y bendito

sea el Dios Altísimo, que ha entregado tus enemigos a tus manos".

      Y Abrahán le dio el diezmo de todo.

 

      Corintios 11,23-26

 

      Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a

mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a

entregarlo, tomó un pan, y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y

dijo: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria

mía". Lo mismo hizo con la copa después de cenar, diciendo: "Esta copa es la

nueva alianza sellada con mi sangre; Haced esto cada vez que bebáis, en

memoria mía". Por eso, cada vez que comáis de este pan y bebáis la copa, pro-

clamáis la muerte del Señor hasta que vuelva.

 

      Lucas 9,11b-17

 

      En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios,

y curó a los que lo necesitaban.

      Caía la tarde y los Doce se le acercaron para decirle:

      - Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor

a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.

      El les contestó:

      - Dadles vosotros de comer.

      Ellos le replicaron:

      - No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a

comprar de comer para todo este gentío. (Porque eran unos cinco mil hombres).

      Jesús dijo a sus discípulos:

      - Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.

      Lo hicieron así y todos se echaron.

      El, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo,

pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos

Para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y

Recogieron las sobras: doce cestos.

 

Comentario

 

      El evangelio de hoy leído en la Iglesia a la luz del misterio pascual

adquiere todo su significado eucarístico.

      Los gestos, los hechos, las palabras de Jesús, de sus apóstoles, de la

gente, vistos en la perspectiva del gran gesto de entrega de Jesús en la

última cena y ratificado en la cruz, tienen toda la fuerza de una profecía

y nos descubre horizontes ilimitados en nuestras celebraciones eucarísticas.

      Jesús habla en primer lugar del reino de Dios a la multitud que lo

sigue y luego cura a los que lo necesitan. Es ya el anuncio de un misterio

más amplio que se desarrollará  en la Iglesia a lo largo de todos los tiempos

a través de la predicación y de los sacramentos y sobre todo a través de la

eucaristía, palabra hecha carne y fármaco de inmortalidad.

      Jesús da el pan a la multitud hambrienta mediante el ministerio de los

apóstoles, sus íntimos colaboradores.

      El pan dado, repartido, comido cada día es el símbolo de la fidelidad

de Dios y de la fidelidad a Dios. El pan, junto con el vino, también cargado

de significado humano, es el signo de otra donación más profunda e íntima que

Cristo se dispone a hacer. "Yo soy el pan de la vida. El que se acerca a mí

no pasará hambre y el que tiene fe en mí no tendrá nunca sed" Jn 6,35. La

autodonación total de Jesús en la última cena y en la cruz está maravillo-

samente simbolizada en esa entrega generosa y abundante del pan a la multitud

hambrienta. Es el gesto típico de Jesús, el que lo define con un solo trazo.

Jesús es, ante todo el que se da.

 

                           Eucaristía y Nazaret

 

      Nazaret nos descubre el aspecto de encarnación que tiene la eucaristía.

El pan de Dios bajado del cielo para dar la vida al mundo se coció en Nazaret.

      "El Verbo se hizo carne" Jn 1,14. De esta forma el Hijo de Dios asumió

la debilidad, impotencia y precariedad del hombre. Al tomar sobre sí el "ser

carnal del hombre" se ha hecho solidario de la humanidad entera. "Ahora el

Verbo forma parte del mundo sensible, limitado, localizado. Habiendo querido

nacer, crecer, morir, participa de la realidad humana sin medias tintas y se

ve implicado en el torbellino de nuestra misma historia" (H. SCHILIER, Le

temps de l'Eglise, París 1961).

      El Verbo hecho carne que habitó entre nosotros es el lugar de la pre-

sencia de Dios y su suprema manifestación. La carne de Jesús es el lugar de

la manifestación de Dios, es la tienda de Dios entre nosotros, pero también

el medio a través del cual aparece su gloria, es decir, su amor salvador. En

la carne de Jesús resplandece la luz del Padre.

      Participar en la eucaristía es participar en el misterio de la carne

del Señor, "vivificado por el Espíritu", y establecer con Dios los mismos

lazos de amor que existen entre el Padre y el Hijo. "Pues sí, os aseguro que

si no coméis la carne y no bebéis la sangre de este Hombre no tendréis vida

en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo

resucitaré en el último día, porque mi carne es verdadera comida y mi sangre

verdadera bebida" Jn 6,53-56.

      Pero la "carne" es no sólo el cuerpo, sino todo el ser humano de Jesús

que se fue formando en Nazaret, es su humanidad hecha de carne y de sangre

y de los demás componentes que forman el ser del hombre. La carne de Jesús

es una carne entregada, sacrificada en la cruz y en el sacramento de la

eucaristía que actualiza aquel momento supremo y todos los otros en que el

hombre Jesús fue formándose.

 

                               Comer el pan

 

      Comer el pan eucarístico es entrar en comunión con Cristo que se hizo

carne para redimir al hombre y que se hace pan para dar la vida al mundo.

      Participar en la eucaristía es meterse en la dinámica encarnatoria de

Cristo. El sentido pleno de comer el pan de la eucaristía es hacernos pan

entregado también nosotros.

      En Nazaret aprendemos cuánto cuesta hacerse pan para los demás. A pri-

mera vista podría parecer sencillo y hasta fácil participar en la eucaristía.

Los largos años de la encarnación de Nazaret nos muestran cómo el hacerse pan

entregado para la vida de todos es un proceso prolongado.

      El sacramento nos da la gracia que significa. Es el momento fuerte de

la acción de Dios. Nos pone en la pista y nos da la forma, nos va modelando

la imagen del Cristo que se da. De parte nuestra, la participación en la

eucaristía es un compromiso de vida que nos lleva a dar todo lo nuestro, a

trabajar por los demás, a crear comunión, a hacernos todo de todos, a

entregar nuestro pan.

 

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sábado, 11 de junio de 2022

Ciclo C - Santísima Trinidad

 12 de junio de 2022 - SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD - Ciclo C

                   

                   "El Espíritu de la verdad os irá guiando en la verdad toda".

 

Proverbios 8,22-31

 

      Esto dice la Sabiduría de Dios: El Señor me estableció al principio de

sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas. En un principio remotísimo

fui formada, antes de comenzar la tierra. Antes de los abismos fui

engendrada, antes de los manantiales de las aguas.

      Todavía no estaban aplomados los montes, antes de las montañas fui en-

gendrada. No había hecho aún la tierra y la hierba, ni los primeros terrones

del orbe.

      Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda

sobre la faz del abismo; cuando sujetaba el cielo en la altura y fijaba las

fuentes abismales. Cuando ponía un límite al mar, y las aguas no traspasaban

sus mandatos; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a

Él, como aprendiz; yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su

presencia: jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres.

 

      Romanos 5,1-5

 

      Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en

paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por Él hemos obtenido

con la fe el acceso a esta gracia en que estamos, y nos gloriamos apoyados en

la esperanza de la gloria de los hijos de Dios. Más aún hasta nos gloriamos

en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia; la

constancia, virtud probada; la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda,

porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones en el Espíritu

Santo que se nos ha dado.

 

      Juan 16,12-15

 

      En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

      - Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas

por ahora; cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la

verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os

comunicará lo que está por venir.

      El me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.

      Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de

lo mío y os lo anunciará.

 

Comentario

 

      En la fiesta de la Santísima Trinidad se lee en la misa una parte de

los discursos de despedida que S. Juan coloca antes de la pasión del Señor.

Jesús predice la situación de los discípulos cuando Él vuelva al Padre y se

produzca la efusión del Espíritu Santo. "Cuando Él venga, el Espíritu de la

verdad, os guiará en la verdad toda". Será, pues, el Espíritu de la verdad

el nuevo maestro-guía de los creyentes en Jesús. "La unción con que Él os

ungió sigue con vosotros y no necesitáis otros maestros" I Jn 2,26.

      Pero no se trata de una nueva enseñanza o de una nueva revelación.

Tampoco se trata de una autorevelación por parte del Espíritu Santo, que "no

habla nunca de sí", como dice Santa Teresa.

      Lo que el Espíritu Santo enseña, o mejor, hacia lo que conduce, es lo

que Jesús había enseñado. No se trata, pues, de nuevos contenidos, sino de

asimilación, profundización, vivencia de lo que Jesús enseñó. Y lo que Jesús

enseñó es "todo lo del Padre", es decir, que Dios, es Padre "amó tanto al

mundo que dio a su hijo único para que tengan vida eterna y no perezca

ninguno de los que creen en Él" Jn. 3,16.

      La tradición cristiana ha reflexionado largamente sobre los textos de

la Biblia referentes a la Trinidad. Ha llegado a formulaciones precisas y

exactas que nos hablan de la profundidad de este misterio. Es bueno leer con

calma de vez en cuando algunas de esas formulaciones antiguas forjadas con

tanto empeño y con tanta fe, viendo en ella más que un afán por la precisión,

el amor de una Iglesia que sabe que en ella todo depende de ese misterio de

amor y que ella misma es "una multitud reunida por la unidad del Padre, del

Hijo y del Espíritu Santo" (San Cipriano) (L.G. 4).

 

 

                        La "trinidad de la tierra"

 

      San Juan Damasceno y otros santos han llamado así a la Sagrada Familia.

      Desde que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, éste lleva den-

tro de sí una vocación a la comunión y al amor. Pero en ningún momento de la

historia se ha realizado tan plenamente esta vocación como en Nazaret cuando

dos personas humanas vivieron en la más estrecha comunión de vida con el Dios

hecho hombre. María y José, entregándose plenamente el uno al otro en

comunión de amor virginal y ofreciéndose ambos enteramente al hijo de Dios

venido a dar la vida por el mundo, son la realización más perfecta en la

tierra de la comunidad de amor que es la Santísima Trinidad.

      Cuando Jesús vino a la tierra, la primera realidad que creó fue una

familia, imagen de la familia divina.

      La familia de Nazaret es la realización más cercana a la comunidad de

comunión que es la Santísima Trinidad. En ambas el valor de la comunión hace

que cada una de las personas tenga (sea) algo que le es propio y al mismo

tiempo está en unidad con las otras. La autodonación al otro no es vacia-

miento sino enriquecimiento de la unidad.

      Como la Trinidad divina, también la de la tierra se abrió a lo que

estaba fuera de su seno, para comunicar la vida que albergaba en sí.

      De este modo la Sagrada Familia, imagen de la Trinidad, es al mismo

tiempo la primera realización de la Iglesia y el modelo de la misma. Como la

Sagrada Familia, toda comunidad cristiana se constituye en comunidad de comu-

nión entorno a Cristo para comunicar al mundo la salvación.

 

                               Inhabitación

 

      En su camino descendente al encuentro del hombre, Dios ha llegado hasta

su interior, hasta lo más profundo del ser del hombre. No se trata ya de la

presencia del creador en la criatura, como la de un artista en su obra, sino

de una presencia personal y viva, íntima y real de las tres divinas personas

en quien ha sido bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu

Santo.

      Visto desde fuera, el misterio de la inhabitación de las tres divinas

personas en el bautizado, aparece como algo oscuro, difícil de analizar,

imposible de ser contemplado con claridad. De manera muy distinta se expresan

quienes tienen una experiencia auténtica de vida cristiana. Oigamos, por

ejemplo a Santa Teresa: "Y metida en aquella morada, por visión intelectual,

por cierta manera de representación de la verdad, se le muestra la Santísima

Trinidad, todas tres personas, como una inflamación que primero viene a su

espíritu a manera de una nube de grandísima claridad, y estas personas

distintas, y por una noticia admirable que se da al alma entiende con

grandísima verdad ser todas tres Personas una sustancia y un poder y un saber

y un solo Dios; de manera que lo que tenemos por fe, allí lo entiende el

alma, podemos decir, por vista" Moradas séptimas cap I,6.

      Para el cristiano vivir este misterio es fundamental: da razón de la

unidad de su persona, del realismo de su oración, del dinamismo de su vida

espiritual, de la dignidad de toda persona.

      Viviendo en Nazaret se aprende que vivir con Dios dentro de uno mismo,

tener a Dios en la propia casa, no sólo es posible, sino el principio y la

razón de toda la vida.

 

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sábado, 4 de junio de 2022

Ciclo C - Domingo de Pentecostés

5 de junio de 2022 - DOMINGO DE PENTECOSTES – Ciclo C

 

              "Yo le pediré al Padre que os dé otro abogado"

 

     Hechos 2,1-11

 

      Todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés. De repente

un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se

encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían,

posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron

a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le

sugería.

      Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las na-

ciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron des-

concertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente

sorprendidos preguntaban: ¿No son galileos todos esos que están hablando?

Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?

      Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopo-

tamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en

Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros

de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada

uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.

 

      Corintios 12,3b-7,12-13

 

      Nadie puede decir "Jesús es Señor" si no es bajo la acción del Espíritu

Santo.

      Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de

servicios, pero un mismo Señor y hay diversidad de funciones, pero un mismo

Dios que obra en todos.

      En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

      Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos

los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, as¡ es

también Cristo.

      Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bau-

tizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos

bebido de un solo Espíritu.

 

      Juan 20,19-23

 

      Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los

discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En

esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

      - Paz a vosotros.

Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se

llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

      - Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

      Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

      - Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les

quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

 

Comentario

 

      El evangelio de S. Juan que se lee el día de Pentecostés nos presenta

la promesa prepascual de Jesús de enviar al Espíritu Santo, "el Espíritu de

la verdad" que "el mundo no puede recibir porque no lo percibe ni lo conoce",

pero que los discípulos sí conocen porque "vive" ya con ellos y "está" en

ellos. El se lo enseñará todo y recordará todo lo que Jesús les dijo.

      El mismo Juan habla de la efusión del Espíritu Santo sobre los

apóstoles al contar la aparición del resucitado. "Sopló sobre ellos y les

dijo: recibid el Espíritu Santo" Jn 20,23.

      El acontecimiento de Pentecostés es una nueva efusión del Espíritu

Santo, más plena y solemne, y sobre todo con un alcance universal que

inaugura una era nueva.

      Con una feliz expresión de Y. Congar diremos que "la Iglesia que Cristo

fundó en sí mismo, con la pasión sufrida por nosotros, ahora, en Pentecostés,

la funda en nosotros y en el mundo mediante el envío del Espíritu Santo".

      "Consumada, pues, la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra (Jn

17,4), fue enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés, para que

santificara plenamente a la Iglesia y de esta forma los que creen en Cristo

Jesús pudieran acercarse al Padre con un mismo Espíritu (Ef 2,18" L.G.4.

      En el discurso explicativo del suceso de Pentecostés, S. Pedro anuncia

el alcance del mismo. Citando las palabras del profeta Joel, dice que el

Espíritu Santo es "para todo hombre" Hch 2,17. Como el don de la gracia (Rom

5,15) y la sangre de Cristo (Mt 26,28), también el Espíritu Santo es para la

multitud.

      Se inaugura así la época del Espíritu Santo. No como una era nueva

desconectada de la acción redentora de Cristo, sino como la realización defi-

nitiva de la alianza fundada en la sangre derramada en la cruz.

      La característica de esta época del Espíritu Santo, el tiempo de la

Iglesia, es la acción del Espíritu en el interior de cada creyente y en la

Iglesia en cuanto comunidad y en el mundo entero. El Espíritu Santo lleva al

creyente a recordar lo que dijo Jesús, a vivir como Él, a ser testigo suyo

en el mundo, a esperar en el pleno cumplimiento de lo que ya anida dentro de

Él. El Espíritu Santo guía, unifica, fortalece a la Iglesia para ser a través

del tiempo "sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y

de la unidad de todo el género humano" L.G. 1.

      La conmemoración de Pentecostés nos lleva a valorar lo que el Espíritu

Santo es y lo que está haciendo en cada uno de nosotros y en la Iglesia. Pero

también lo que "obra en los hermanos separados" (U.R. 4) y en todos los

hombres, pues como dice el Vaticano II, "El Espíritu Santo, que con admirable

providencia guía el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra, no

es ajeno a esta evolución" G.S. 26.

 

                             Volver a Nazaret

 

      Los comienzos de la época mesiánica están ya marcados por la efusión

del Espíritu Santo. Por obra suya fue engendrado Jesús en el seno de la

Virgen María y las personas que se mueven entorno a Él actúan movidas por ese

mismo Espíritu. Basta leer los evangelios de la infancia de Cristo, sobre

todo en la versión de Lucas, para caer en la cuenta de que los momentos

iniciales de la vida de Jesús están envueltos en una efusión del Espíritu

Santo.

      Pero el mismo Lucas nos dice que, después del episodio del templo,

Jesús bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad" Lc 2,51. Empieza

así el largo período de obediencia a la autoridad, de vida oculta, de

crecimiento en todas las dimensiones. Hay un fuerte contraste entre todo lo

sucedido hasta entonces y lo que desde ese momento comienza. ¿Se terminó

también la efusión del Espíritu Santo en el tiempo de Nazaret?

      Seguramente que no. Pero su acción es distinta. María no es llevada por

el Espíritu en el tiempo de Nazaret como al principio a cantar en voz alta

las maravillas del Señor, sino que "conservaba en su interior el recuerdo de

todo aquello" Lc 2,51. Empezó a practicar lo que Jesús anuncia a sus

discípulos para después de la venida del Espíritu Santo: "Os enseñará todo

y os irá recordando todo lo que yo os he dicho".

      El tiempo de Nazaret y el tiempo de la Iglesia son momentos de inte-

riorización y de crecimiento. Nazaret nos ayuda de modo muy especial a

descubrir la acción del Espíritu Santo allí donde aparentemente nada cambia,

donde nada se mueve, donde por años y años se prolongan las mismas

situaciones.

 

                            Nuestro Pentecostés

 

      Nuestro Pentecostés se ha cumplido el día de nuestro bautismo y el día

de nuestra confirmación. "Recibisteis un Espíritu que os hace hijos y que nos

permite gritar: ¡Abba! ¡Padre! Ese mismo Espíritu le asegura a nuestro espí-

ritu que somos hijos de Dios" Rom 8,15.

      Necesitamos continuamente renovarnos en esta convicción para que

nuestra vida sea coherente con lo que somos. "Vosotros no estáis sujetos a

los bajos instintos, sino al Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en

vosotros" Rom 8,9.

      Es maravilloso ver cómo el Espíritu Santo cambia a las personas. En los

momentos más fuertes o más aparentes de su actuación toda la persona se

conmueve. El Espíritu Santo cuando es acogido sinceramente en el fondo de una

persona, cura sus heridas, vivifica todo lo que estaba muerto, derrama sus

dones, pone en camino.

      Nuestro error está muchas veces en pensar que sólo actúa el Espíritu

Santo cuando hay gritos de júbilo, cuando brotan las lágrimas de alegría,

cuando se rompen las estructuras, cuando se estremece el corazón. Y no

descubrimos su vuelo suave sobre las aguas (Gen 1,2), su acción escondida en

el curso de la historia dirigiendo los acontecimientos hacia su plenitud, su

mano misteriosa en los signos de los tiempos, su presencia alentadora y vital

en el fondo de nosotros mismos.

      Desde Nazaret, el Pentecostés de ahora es una invitación a pararnos

para escuchar en silencio el continuo obrar del Espíritu Santo: su tensión

hacia la unidad de los cristianos, su caminar en alas del viento, ("Oyes el

ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va" Jn 3,8), su impulso en el

continuo caminar de la Iglesia hacia la parusía, su esfuerzo de encarnación

del mensaje evangélico en todas las culturas, su acción interna en cada uno

de nosotros para que, como en Nazaret, vayamos "creciendo en saber, en esta-

tura y en el favor de Dios y de los hombres" Lc 2,52.

 

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sábado, 28 de mayo de 2022

Ciclo C - Ascensión del Señor

 29 de mayo de 2022 - SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR – Ciclo C

 

                                 "Se separa de ellos y se lo llevaron al cielo"

 

      Hechos 1,1-11

 

      En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue

haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles,

que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les

presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo

y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios.

      Una vez que comían juntos les recomendó: No os alejéis de Jerusalén;

aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado.

Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con

Espíritu Santo.

      Ellos lo rodearon preguntándole: Señor, ¿es ahora cuando vas a restau-

rar la soberanía de Israel?

      Jesús contestó: No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas

que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo

descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en

Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo.   

      Dicho esto, lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la

vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos

hombres vestidos de blanco, que les dijeron: Galileos, ¿qué hacéis ahí

plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al

cielo, volverá como le habéis visto marcharse.

 

      Efesios 1,17-23

 

      Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé

el espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de

vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama,

cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál la

extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la

eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de

entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo

principado, potestad, fuerza y dominación y por encima de todo nombre

conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.

      Y todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre

todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

 

      Lucas 24,46-53

 

      En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

      - Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los

muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón

de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.

      - Y vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha

prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza

de lo alto.

      Después los sacó hacia Betania, y levantando las manos, los bendijo.

      Y mientras los bendecía se separa de ellos (subiendo hacia el cielo).

      Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban en el templo

bendiciendo a Dios.

 

Comentario

 

      La ascensión del Señor es el coronamiento de su misterio pascual. "Pa-

deció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, murió y fue sepultado,

descendió a los infiernos, subió a los cielos y está sentado a la derecha del

padre". Con la ascensión el Señor, que fue humillado, es glorificado.

      Para Jesús no se trata de volver a la misma situación en la que se

encontraba antes de la encarnación. Con su venida a la tierra algo cambió

radicalmente en la historia del hombre y también en la historia de Dios.

      La alegría de los discípulos de que habla Lucas después de decir que

Jesús subió a los cielos, se explica porque fue entonces, después de la

resurrección, cuando los apóstoles empezaron a entender de qué se trataba.

Cristo resucitado "les abrió el entendimiento para que comprendieran las

escrituras" (Lc 24,25) y así empezaron a entender no sólo la ilazón entre los

últimos acontecimientos de su vida en la tierra sino, sobre todo, la conse-

cuencia que de ellos se deriva: "En su nombre se predicar el arrepentimiento

y el perdón de los pecados". Las palabras del resucitado les han hecho caer

en la cuenta de que una era nueva ha comenzado: la era de la predicación y

del testimonio. Y en esta nueva fase de la historia de la salvación ellos

tendrán un papel importantísimo cuando reciban lo que el Padre tiene prome-

tido, es decir, el bautismo en el Espíritu Santo, porque, como decía Juan

Bautista, "Yo os he bautizado con agua, Él os bautizará con Espíritu Santo"

Mc 1,8.

      Los discípulos "se volvieron a Jerusalén llenos de alegría". Lo que

habían recibido y lo que esperaban recibir era mucho más grande que la in-

mensa tarea que les esperaba. Cuando se sabe quién es Jesús, contárselo a

todos no es un peso, sino una inmensa alegría. "Después de hablarles el Señor

Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a

predicar el mensaje por todo las partes y el Señor cooperaba confirmándolo

con las señales que los acompañaban" Mc 16,20.

 

                              Bajó a Nazaret

 

      El Cristo glorioso que sube a los cielos y que los apóstoles de todos

los tiempos proclamarán es el mismo Jesús que "bajó a Nazaret" Lc 2,51.

      Al hacerse hombre, el Hijo de Dios "descendió" y "tomó la condición de

esclavo, haciéndose uno de tantos" Fil 2,7.

      La bajada a Nazaret es un paso más en el camino de descenso y de en-

carnación del Hijo de Dios. Allí vivió "bajo su autoridad" (de María y de

José) preparando de algún modo el paso supremo de la muerte en cruz. "Hijo

y todo como era, sufriendo aprendió a obedecer y, así consumado, se convirtió

en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen" Heb 5,8-9.

"Tenia que parecerse en todo a sus hermanos para ser sumo sacerdote compasivo

y fidedigno en lo que toca a Dios y expiar los pecados del pueblo" Heb 2,17.

      Jesús recorrió un largo camino que lo llevó desde el abajamiento de la

encarnación, a la humildad del nacimiento, a la sencillez y anonimato de

Nazaret hasta "la muerte y muerte de cruz". Por eso Dios lo encumbró sobre

todo" Fil 2,8-9.

      Visto desde Nazaret, el triunfo de la ascensión aparece como la vic-

toria de una apuesta: la victoria de Jesús que opta por entregarse totalmente

al hombre, que acepta la humillación y la muerte con tal de que los hombres

tengan vida y vida abundante. "Así tenía que ser nuestro sumo sacerdote" Heb

7,26.

      Desde Nazaret, la ascensión aparece como el coronamiento del misterio

pascual. Es la etapa final del Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto

por nosotros, vencedor de la muerte y del pecado, resucitado de entre los

muertos por el poder del Padre. La ascensión marca el retorno de Jesús junto

al Padre, pero el Jesús que ahora vuelve al seno del Padre es el Jesús

cargado con nuestra experiencia humana con un cuerpo como el nuestro, con una

cultura y una patria, con el polvo en los pies de todos los caminos de la

tierra de Israel, con la amarga experiencia de la cruz.

 

                                En el cielo

 

      Entrando Jesús en el cielo, algo nuestro entró también con Él. Algo de

Nazaret ha entrado en el cielo. "subió a los cielos llevando cautivos, dio

dones a los hombres (Sal 67,19). Ese "subió" supone necesariamente que había

bajado antes a lo profundo de la tierra, y que fue el mismo que bajó quien

subió por encima de los cielos para llenar el universo" Ef 4,8-10.

      En la historia de la salvación sabemos que es una constante la verdad

proclamada por María en su canto: "Derriba del trono a los poderosos y exalta

a los humildes" Lc 1,52. María y José no se limitaron a estar con Jesús en

Nazaret. Se pusieron en la dinámica de fe y de amor que lleva al servicio,

a la entrega de la vida, al trabajo por los demás. Por esto también a ellos

Dios los exaltó. Desde el día de la ascensión empezó a formarse la Sagrada

Familia del cielo.

      La ascensión de Jesús, conmemorada hoy en la Iglesia, es una fuerte

llamada a la esperanza para quien quiere vivir como en Nazaret.

      El creyente que vive en Nazaret sabe que está en una dinámica de amor

y de gracia que lo llevará, si él no la rompe a ser un día parte de la

familia de los hijos de Dios en el cielo.

 

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL hsf